martes, 15 de abril de 2008

Sobre las tildes (o "acentos) en el español

CARTA ABIERTA A LA REAL ACADEMIA
Date: Sat, 22 Apr 2000
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De Don Pablos, página de Jesús Ascorbe http://www.geocities.com/Athens/Oracle/6807/

Esta carta abierta va dirigida a la Real Academia Española y las Academias de la Lengua de otros países, para solicitar, con el mayor respeto, la revisión de los signos de acentuación, interrogación y admiración del español.

"El acento puede facilitar la lectura correcta de una palabra inusitada, al tiempo que dificulta la escritura de miles de palabras comunes," dice PEDRO.

Nos llamamos PEDRO (Pro Efectuación De Reforma Ortográfica). Desde su juventud, ha sentido PEDRO incertidumbre sobre la necesidad de los signos ortográficos mencionados. Particularmente los de apertura de la interrogación y la admiración, tan típicamente españoles, le parecieron, aunque decorativos, superfluos. Con respecto a la acentuación no pudo menos de admirar la ingeniosidad de los señores que se dieron mañas para redactar unas normas que cubrían toda la gama del vocabulario español con unas leyes que, encontraste con los dos signos antedichos, los economizaban al máximo.

Se acentuaban, nos ordenaban, todas las esdrújulas, y las agudas que terminaran en vocal (a, e, i, o, u), 'n' o 's', y las graves o llanas que terninaran en consonante que no fuera 'n' o 's'. Bastará con echar una ojeada rápida a una página en español, para admirar cómo, llevando todas una sílaba de intensidad tónica, son relativamente pocas las que requieren el acento escrito.

Claro, había que saber cómo se pronunciaba una palabra antes de escribir o no la vírgula; de no saber de antemano su pronunciación, aunque se supiera deletrear, de poco valían las instrucciones. Al tratar con diptongos y triptongos, que si ascendientes o descendients, tan numerosos en el idioma, las reglas se complicaban de tal manera que al PEDRO escritor se le hacía mucho más difícil escribir correctamente la vírgula, que al PEDRO lector leer correctamente sin acento alguno. El problema con los diptongos no era exclusivo de PEDRO; en la evolución de las normas se demuestra una gran diversidad de opiniones y gustos entre los ortografistas, que se refleja en los cambios de las normas hasta hace pocos años.

PEDRO se planteaba con frecuencia esta cuestión: si yo, hispanohablante, sé en qué sílaba recae la intensidad tónica al escribir, lo sabré asimismo al leer. ¿Qué es pues lo que se quiere lograr con la acentuación gráfica? ¿Que se han aprendido las reglas y se saben aplicar? Y la misma reflexión se extendía a los signos de apertura de interrogación y admiración.

Recuerda PEDRO una vez que se equivocó; había escrito una composición, muy bella y esmerada, inspirada en la lectura de un famoso escritor. Se descuidó en un par de acentos. Su maestro consideró la falta un error garrafal y le explicó con una pequeña alegoría la importancia de la vírgula omitida: "Por un clavo --le recitó--, se perdió una herradura; por una herradura, un caballo; por un caballo, una batalla; por una batalla, una gerra; por una guerra, un país; por un país, toda una civilización." A PEDRO le cruzó un escalofrío; le asustaba que por un acento pudiera perderse su composición; por su composición, su asignatura; por su asignatura, su curso; por su curso, su carrera; por su carrera --era seminarista-- tantas almas ...

PEDRO estudió latín, la madre del expañol, y leyó en su clase de literatura e historia de la lengua pasajes de textos castellanos antiguos, y podía comprobar cómo aquellos señores, sin usar clavos, en Roma y en Castilla, lograron forjar una espléndida civilización.

Aprendió asimismo cómo en libros recientes, editados en este mismo siglo XX, se colocaron los acentos de diversa manera a lo largo de los años, y la civilización seguía en marcha y pujante.

Y está seguro que si la acentuación gráfica se elimina, se reforzará y facilitará el aprendizaje del idioma y su escritura correcta.

"Las palabras se acentúan", leía en las gramáticas. Esa expresión le resultaba un tanto insidiosa, ¡como si la vírgula perteneciera a su naturaleza! Hubiera encontrado más correcto el aserto "Las palabras se mandan acenturar hoy día ..." con lo que quedaba claro que era cuestión de mera normativa arbitraria, con reglas que en su última redacción se hicieron más gravosas. A PEDRO le fue descorazonador que en 1959 se incluyera en las reglas la acentuación de las letras mayúsculas; esas vírgulas tan sobresalientes rompían la línea. Los académicos se enfrentaban al siguiente problema: si concedemos que los lectores saben leer las palabras en mayúsculas no acentuadas, necesariamente sabrán leerlas asimismo en minúsculas. Y era verdad. Pero, en lugar de resolverlo suprimiendo el acento en todos los casos, optaron por incluirlo cualquiera de ellos; aun en el caso de la 'I', donde nadie negará que resulta sumamente cursi, sobre todo en las cusivas. El inmemorial proverbio español ordenaba "poner los puntos sobre las íes", esos puntos, que eran signos indelebles del alfabeto latino. Ahora bien, no se ponía el 'punto' sobre la 'I' mayúscula. ¡Ah, pero SI se trataba de 'vírgula', SÍ!

Además del latin y el español antiguo, PEDRO aprendió otras lenguas. También estudió los orígenes de la acentuación gráfica en el francés y en el italiano. Y aprendió que ambas lenguas comenzaron a emplear el acento, con menor o mayor consitencia, muchos años antes --el italiano 60, el francés 40-- que el castellano. Seguro que los castellanos tardaron en creer que la vírgula fuera necesaria en su idioma.

Hasta que cayeron en la tentación de la imitación; y al imitar, trataron de sobrepasar. Superaron en el empleo del acento a los italianos, con un idioma muy cercano fonéticamente; y a éstos y a los franceses en el uso de los signos de interrogación e interjeción. ¿Era el pueblo español, según el entender de los "sabios" imitadores, más torpe que los otros pueblos hermanos?.

Tras su mucho leer y estudiar la historia de la lengua castellana y otras lenguas, no pudo deshacerse PEDRO de aquellas preocupaciones de sus años de formación. Y tras larga reflexión, llegó a formular la siguiente conclusión:

"El acento puede facilitar la lectura correcta de una palabra inusitada, al tiempo que dificulta la escritura de miles de palabras comunes."

Siendo eso así, PEDRO piensa que habrá que sopesar hoy día las ventajas de lo que facilita y las desventajas de lo que dificulta, para decidir si la acentuación ortográfica merece la pena, si el resultado pretendido al leer compensa el esfuerzo realizado al escribir.

La justificación más común que le daban a PEDRO de los signos se basaba en la creencia de que eran muy útiles para poder diferenciar entre homógrafos; el resobado ejemplo de cántaras; cantaras; cantarás. Aducían para convencer a los chavales un rosario de palabras sueltas, como entresacadas de la primera cartilla o de los diccionarios. Efectivamente, cuando PEDRO enseñaba las primeras letras a los niños, veía que la entonación era como una machacona recitación de palabras en ristra.

Concedía PEDRO que la acentuación ortográfica era un buen método para enseñar a principiantes. Pero ¿era necesaria pasadas esas primeras etapas de aprendizaje? En la conversación y en la escritura las palabras no van en solitario y desgranadas; siempre aparecen en contexto. Y en esos casos, con frecuencia, la intensidad fónica de muchas vocales no coincide con su acento ortográfico. Nótese cómo entonamos "¿Cómo?" cuando queremos que nos repitan algo; más bien se aproxima a ¿Comó?.

Para poner a prueba las razones de sus maestros, PEDRO, maestro él también, preparó un corto diálogo, como muestra.

En una primera versión, lo presentaba a la clase con la parquedad de signos que llevaría de tratarse de un documento de comienzos de la imprenta:


__Como comes: pregunto la marfusa a la grulla.
__Que: que como como.
__Si: dimelo.
__Pues como como como: como como como.
__O: si tu comes asi comes como yo.

La muestra es, a propósito, un caso extremo de acumulación de homógrafos. En otra versión, de imprenta moderna, adornaba PEDRO la muestra con signos de admiración e interjeción internacionales, comunes a las lenguas europeas:

__Como comes?, pregunto la marfusa a la grulla.
__Que? Que como como?
__Si, dimelo.
__Pues como, como como; como como, como.
__Oh!, si tu comes asi, comes como yo!.


Experimento tras experimento, podía comprobar PEDRO que en este ejemplo existían los suficientes elementos para facilitar la lectura correcta:

a) el primer signo de interrogación '?' bastaba para indicar que 'Como' se debía leer 'Cómo';


b) 'la marfusa', sujeto, tercera persona, evitaba leer 'pregúnto', primera persona;


c) 'marfusa" es una de esas palabras inusitadas que dejarían perplejo al lector; ¿márfusa, marfúsa o marfusá? Es la única palabra inusitada cuya lectura correcta se aseguraría con las reglas de acentuación vigente;


d) 'Si', seguido de coma, más imperatativo, no puede ser otra cosa que 'Sí', adverbio de afirmación, distindo de 'si', conjunción, en la última frase;


e) 'dimelo' es de lectura obvia: no cabe otra posibilidad que 'dímelo';


f) 'comes', segunda persona, indica que 'tu' es pronombre 'tú' y, finalmente, ¿quién va a leer "ási", sino por mofa?.

A PEDRO le fastidiaba que se creyera que los lectores castellanos, en contraposición por ejemplo con los italianos --y no digamos los ingleses--, necesitaban de tantas indicaciones para leer correctamente su propio idioma. Con el acento, por otro lado, se ponía un arma afilada en manos de maestros intrasigentes, que quisieran cargarse a alguien sobre bases de indiscutible objetividad: lo dictaban las normas.

Según la normas, el ejemplo de muestra requería un plétora de signos:


__¿Cómo comes?, preguntó la marfusa a la grulla.
__¿Qué? ¿Que cómo como?.
__Sí, dímelo.
__Pues como, como como; como como, como.
__¡Oh! Si tú comes así, ¡comes como yo!.


Algunos alumnos le comentaban a PEDRO que se sentían ofendidos --y él estaba de acuerdo-- de que se les indicara dónde se abría la interrogación y la admiración: ¿Qué? y ¡Oh! ¡Tan tonto no soy!, confesaba uno.

Pues bien. La razón de esta respetuosa petición a la Academia no la basa PEDRO tan sólo en que tales signos de admiración, interrogación y acentuación se juzguen innecesarios; y de ninguna manera, en que le resulte gravoso aprender las reglas. Otros problemas de la ortografía le son mas difíciles: que si 'b' o 'v'; que si 'g' o 'j'; que si 'c', 's', o 'z'; que si 'h' o no 'h'. Las aprende y las lleva a la práctica lo mejor que puede, sin quejas; es más, las acepta con orgullo. Para él, estos signos son de antiguo abolengo, portadores a través de milenios del material genético de los progenitores del idioma; son reflejos de su parentesco y mantienen el parecido con las lenguas hermanas.

A PEDRO le mueven a hacer esta petición, sobre todo, razones imperiosas que pudiéramos llamar de dificultad mecánica. PEDRO está seguro que de haber existido en el XVIII la Informática y sus instrumentos tecnológicos, aquellos "ilustrados" que establecieron las primeras normas, no habrían pensado, ni por ensueño, en la introducción del acento.

En aquel siglo XVIII, la dificultad de escribir esos signos apenas requería mayor esfuerzo. Poco trabajo físico costaba el ilustrar con ellos la frase o las palabras. Más tarde, con la aparición y popularización de la mecanografía, la tarea resultó más gravosa, al obligar a incorporar tipos especiales en las máquinas de importación; esos tipos, por otro lado, eran difíciles de conseguir principalamente a los que, como en el caso particular de PEDRO --vivía en nación no hispana--, no disponían de máquinas adecuadamente preparadas para el español. Con el tiempo, no obstante, se fue facilitando la incorporación de los signos españoles a los teclados. Escribir en español no resultaba más incómodo que escribir en inglés u otro idioma. Sólo en casos muy raros se podía poner la máquina como excusa de las faltas ortográficas en los signos de acentuación, admiración o interrogación.

Hoy día es otra cosa. PEDRO se encuentra en una situación desesperada. Se le hace extremadamente difícil a él, con millones y millones de hispanoescribientes, en todos los rincones del mundo, usar los signos antedichos en sus páginas online, en el correo electrónico, en cualquier tipo de cibertexto. Es más, a los que viven en naciones no hispánicas, la dificultad raya en la imposibilidad. ¿Qué hacer frente a una tarea imposible?

Siguiendo con el ejemplo de muestra, preparado ya para Internet, y visto en su fuente original, aparece de esta manera:

Si PEDRO querría poder manipular el texto, hacer correcciones o añadiduras en las palabras o sintagmas libres de signos especiales (en la cuarta línea), le sería facilísimo. Por el contrario, en las que van acompañadas de esos signos su lectura se vuelve tan engorrosa que hay que darla por imposible. Es decir, que los signos que se preceptuaron con el fin de facilitar la lectura correcta del español, la hacen imposible hoy día en los medios informáticos, medios universales de comunicación. Y eso le hace a PEDRO enfrentarse a un dilema: o prescindo de los signos o precindo de la comunicación.

Y a PEDRO, en su caso particular, que vive en Estados Unidos con otros muchos millones de hispanohablantes, y maneja como medio de vida y comunicación el inglés y el español, le resulta no ya engorrosa sino prácticamente imposible la escritura. Ni sus teclados ni su software están preparados para dichos signos. ¿Se le va a exigir que compre un doble juego?

Cuando PEDRO quiere hacer una lista de palabras por orden afabético, se le dislocan los vocablos; por ejemplo, "como, cómo, conocer, contrario", le da como resultado, "como, conocer, contrario, mo, oacute". Cuando usa el escáner para convertir un texto impreso en documento electrónico, la copia de textos carentes de los mencionados signos, sale o perfecta o a falta de pequeños retoques. El acento --y la diéresis-- suelen ofrecer una versión tan adulterada, que su corrección llevaría más tiempo que mecanografiarlo a mano. Para él, eso es una increible desventaja en una lengua con vocación universalista, en proceso de imparable expansión.

PEDRO ha llegado a la conclusión de que si los signos de acentuación y de apertura de interrogación y admiración rayaron siempre en cursilería dieciochesca, hoy son una barrera insuperable. Y PEDRO no se encuentra solo, ni cree que sus sentimientos se deban a vivir en una nación no hispánica. El, loco amante de su lengua, y dedicado a su facilitación y divulgacón, observa con pena cómo muchos individuos, para los que el castellano es lengua materna, se han rebelado tácitamente contra las normas de acentuación y han decidido abandonar por completo en sus páginas online y correo electrónico el empleo de los signos mencionados; el podría citar páginas y páginas del ciberespacio.

Por otro lado, PEDRO sabe apreciar y admirar el respeto por los signos y el esmero que muestran otras páginas de personas individuales, de gran esfuerzo personal, como las de

Arturo Rodríguez de Miñon, o
Miguel Garci-Gomez,

organizaciones como la prensa, los mismos organismos de la Academia y otras empresas. Para estas organizaciones, que disponen de un montaje informático rico en medios económicos y técnicos, y de un personal eminentemente especializado, la tarea no es tan ardua como para los millones de individuos que operan por sí mismos.

Por otro lado, PEDRO ha notado que dos extraordinarios diarios, EL PAÍS y EL PERIÓDICO, se han decidido por un URL sin acento:

http://www.elpais.es/
http://www.elperiodico.es/

y por todo lo ancho y largo de España ha visto anunciada una Telefonica sin vírgula.
Y lo que le es más significativo aún --y para él más esperanzador-- la propia Real Academia Española abandona el acento en sus URLs:

http://www.rae.es/GRAMATIC.HTM
http://www.rae.es/buscon/AUTORIDAD2.HTM
Es más, al buscar en este Diccionario de Autoridades cualquier lema, ha de escribirse sin acento y sin diéresis; con esos signos, no son reconocibles. En sus refrencias internas, se observa que sistemáticamente se escribe 'imagenes' y 'pagina'. Por otro lado, el Diccionario de la Lengua de ANAYA

http://www3.anaya.es/diccionario/castellano/dal.html
reconoce los vocablos con o sin acento. Esta solución de acento opcional no le disgusta a PEDRO.

PEDRO tiene un gran respeto por las reglas. Reconoce que las de acentuación fueron establecidas por la Academia y que pueden ser abolidas de la misma manera por tal institución.

PEDRO sabe también por experiencia que tanto los hispanohablantes por naturaleza como los extranjeros que estudian español, al enfrentarse con una de esas palabras inusitadas, de dudosa acentuación --como 'marfusa' de la muestra--, si quieren incorporarla al acerbo de su vocabulario, no tendrían otro remedio que mirarla en el diccionario. De poco valor es saber leer sin entendimiento.

Pues bien, el diccionario es el lugar apropiado para indicar, en todos los vocablos de más de una sílaba, agudos, llanos o esdrújulos, dónde debe recaer el impulso de entonación. Todos los lectores se verían beneficiados de tal representación fonética que no supondría el aprendizaje en la escuela de regla alguna.

PEDRO acude confiado a la Academia. Le viene a la mente cómo la Iglesia Católica, tan aferrada a la tradición, ante la realidad de una sociedad industrializada, de millones de católicos en trabajos muy diversos, con muy diversos horarios, decidió abolir el ayuno eucarístico; liberalizó las prácticas de otros tipos de ayuno y abstinencia, asicomo la necesidad de cumplir con la misa dominical, en domingo. Y hay más.

La misma Iglesia, en su infancia, escogió el latín sobre el griego, por ser la lengua de la comunicación entre la gente del Imperio Romano. Tras mantenerla por cerca de dos milenios como lengua del culto, sustituyó tan sacra herencia por las lenguas vernáculas de cada comunidad: para favorecer y facilitar la comunicación. Y la Academia, tras dos siglos de acentuación arbitraria y fluctuosa, ¿no se dignará en favorecer y facilitar la comunicación escrita?

Le contaron a PEDRO una vez que la misma Iglesia, tiempos atrás, llegó a considerar, si no emitir --no está seguro--, un edicto de excomunión contra todos los españoles que asistieran a los toros. Dícese que el monarca español, ante la perspectva de verse gobernando un país de excomulgados, suplicó a Roma la abolición del edicto. ¿Se empeñará la Academia a dictar a sordos?

PEDRO es optimista y cree que la Academia actuará con una completa revisión de los signos aquí mencionados, antes de que, ante las nuevas tecnologías, las normas de acentuación se vuelvan del todo obseletas, no por falta de respeto o por ignorancia, sino ser prácticamente imposible su implementación.

PEDRO es optimista porque es conocedor de las tareas de la Academia y su dedicación a poner en INTERNET los tesoros lingüísticos de la herencia filológica hispánica. Y sabe que la Academia comprenderá, como ha demostrado con las excepciones concedidas a sus programadores. Ha comprendido ya que las nuevas technologías informáticas se están poniendo al alcance de todos. Ha comprendido ya que la comunicación electrónica se está convirtiendo en el medio ordinario de intecambiar noticias. Ha de comprender que en INTERNET se hacen hoy verdaderos estragos con respecto a los signos de acentuación y de apertura de admiración e interrogación. Ha de comprender que los estragos no son contra la lengua, sino contra unas normas arbitrarias, innecesarias y opresivas en esos medios.

Finalmente PEDRO suplica a las Academias que compendan que deben facilitar universalmente la escritura correcta de un idoma ecuménico y un idioma que se emplee como "recurso económico".

Súplica con la que se despide, confiado, suyo affmo.


Miguel Garci-Gomez
Professor of Spanish
Duke University
Durham NC 27708 USA

Por PEDRO
(Pro Efectuación De Reforma Ortográfica).

NOTA: Se agradece cualquier sugerencia, asicomo la aportación de otras ideas al respecto. Desde octubre de 1998 estoy esperando respuesta de la RAE sobre el tema de la reforma ortográfica. Escríbame a

garci@acpub.duke.edu
MUCHAS GRACIAS