miércoles, 16 de abril de 2008

Alicia 3

Alicia en el País de las Maravillas.

Lewis Carroll.

(Fragmentos)

Cáp. VII

UNA MERIENDA DE LOCOS

Había una mesa puesta bajo mi árbol, delante de la casa, en la que la Liebre de Marzo y el Sombrerero estaban tomando el té; sentado entre los dos había un Lirón profundamente dormido, al que ambos utilizaban como cojín, apoyando el codo en él y hablando por encima de su cabeza. "¿Qué incómodo para el Lirón!", pensó Alicia; "claro que, como está dormido, imagino que no le importa".

Era una mesa grande, pero los tres estaban apretujados en un extremo.

-¡No hay sitio! ¡No hay sitio! exclamaron al ver llegar a Alicia.

-Hay sitio de sobra -dijo Alicia indignada, y se sentó en un amplio

sillón, junto a una de las esquinas de la mesa.

-Toma un poco de vino -dijo la Liebre de Marzo en tono conciliador.

Alicia miró por toda la mesa, pero no había más que té.

-Yo no veo vino comentó.

-No lo hay -dijo la Liebre de Marzo.

-Entonces, no es muy cortés por su parte ofrecérmelo -dijo Alicia con

enfado.

-Tampoco lo es por la tuya sentarte sin ser invitada -dijo la Liebre de Marzo.

-Yo no sabía que la mesa era de usted dijo Alicia-: está puesta para

muchísimos más de tres.

-Necesitas un corte de pelo -dijo el Sombrerero; hacía rato que miraba a Alicia con mucha curiosidad, y eso fue lo primero que dijo.

-Debería aprender a no hacer comentarios personales -dijo Alicia con

cierta severidad-; es de muy mala educación.

El Sombrerero abrió los ojos desmesuradamente al oír esto; pero todo lo que dijo fue:

-¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?

"¡Bueno, al fin nos vamos a divertir un poco!", pensó Alicia. "Me

alegro de que nos pongamos a jugar a las adivinanzas...".

-Creo que ésa la sé -añadió en voz alta.

-¿Quieres decir que crees que sabes la solución? -dijo la Liebre de Marzo.

-Exactamente -dijo Alicia.

-Entonces debes decir lo que piensas -prosiguió la Liebre de Marzo.

-Lo hago -replicó Alicia apresuradamente-; al menos... al menos pienso lo que digo... que es lo mismo.

-¡Ni mucho menos! -dijo el Sombrerero-. ¡Vamos, es como si dijeses que "veo lo que como" es lo mismo que "como lo que veo"!

-¡Es como si dijeses! -añadió la Liebre de Marzo- ?que "me gusta lo que tengo" es lo mismo que "tengo lo que me gusta"!

-¡Es como si dijeses! -añadió el Lirón, que pareció hablar en sueños- que "respiro cuando duermo" es lo mismo que "duermo cuando respiro"!

-Será lo mismo para ti -dijo el Sombrerero; y aquí cesó la conversación, y el grupo se quedó en silencio durante un minuto, mientras Alicia repasaba todo lo que recordaba sobre cuervos y escritorios, lo cual no era mucho.

El primero en romper el silencio fue el Sombrerero.

-¿A cómo estamos hoy? -dijo, volviéndose a Alicia: se había sacado el

reloj del bolsillo, y lo consultaba inquieto, sacudiéndole de cuando en cuando, y llevándoselo al oído. Alicia reflexionó un poco, y luego dijo:

-A cuatro.

-¡Va retrasado dos días! -suspiró el Sombrerero-. ¡Ya te dije que no le iría bien la mantequilla a la maquinaria! -añadió, mirando furioso a la Liebre de Marzo.

-Era mantequilla de la mejor -replicó la Liebre de Marzo humildemente.

-Sí, pero deben de haberse metido migas también -refunfuñó el Sombrerero-; no debías habérsela puesto con el cuchillo del pan.

La Liebre de Marzo cogió el reloj y lo miró melancólicamente; luego lo sumergió en su taza de té, y lo volvió a mirar; pero no se le ocurrió otro comentario que el que había hecho al principio: "Era mantequilla de la mejor".

Alicia había estado observando por encima del hombro con cierta

curiosidad: "¡Qué reloj más raro!", comentó. "¡Indica los días del mes, en vez de las horas"!.

-¡Por qué había de hacerlo? -murmuró el Sombrerero-. ¿Indica tu reloj los años?

-¡Desde luego que no! -replicó Alicia con presteza-; pero es porque se está mucho tiempo seguido en el mismo año.

-ése es exactamente el caso del mío -dijo el Sombrerero.

Alicia se sintió terriblemente desconcertada. Le pareció que las palabras del Sombrerero no tenían sentido; sin embargo, no cabía duda de que hablaba su mismo idioma: "No le comprendo del todo", dijo lo más cortésmente que pudo.

-El Lirón se ha vuelto a dormir -dijo el Sombrerero, y le vertió un poco de té caliente en el hocico. El Lirón sacudió la cabeza con impaciencia, y dijo, sin abrir los ojos: "Por supuesto, por supuesto; es precisamente lo que yo iba a decir".

-¿Sabes ya la solución de la adivinanza? -dijo el Sombrerero, volviéndose de nuevo a Alicia.

-No, me rindo -replicó Alicia-. ¿Cuál es?

-No tengo ni la menor idea -dijo el Sombrerero.

-Ni yo -dijo la Liebre de Marzo.

Alicia suspiró con cansancio. "Creo que podían emplear el tiempo mejor", dijo, "en vez de perderlo en adivinanzas que no tienen solución".

-Si tú conocieses al Tiempo como yo -dijo el Sombrerero-, no hablarías de perderlo. Es él.

-No sé lo que quiere decir -dijo Alicia.

-¡Claro que no lo sabes! -dijo el Sombrerero, echando la cabeza hacia

atrás con desdén-. ¡Creo que ni siquiera has hablado nunca con el Tiempo!

-Tal vez no -replicó Alicia precavidamente-; pero sé que tengo que marcar el tiempo cuando estudio música.

-¡Ah! Eso lo explica todo -dijo el Sombrerero-. El no soporta que le

marquen. Pero si mantuvieras buenas relaciones con él, haría casi lo que tú quisieras con el reloj. Por ejemplo, suponte que fueran las nueve de la mañana, justo la hora de empezar las clases: no tendrías más que susurrarle una indicación al Tiempo, ¡y allá que iría el reloj en un abrir y cerrar de ojos! ¡La una y media, hora de irse a comer!

-("Me encantaría que lo fuera ya”, susurró para sí la Liebre de Marzo.)

-Sería maravilloso, desde luego -dijo Alicia pensativa-; pero entonces... no tendría hambre.

-Al principio quizá no -dijo el Sombrerero-; pero podrías hacer que fuera la una y media el tiempo que quisieras. -¿Hace usted eso? -preguntó Alicia.

El Sombrerero negó tristemente con la cabeza. "¿Desde luego que no!",

replicó. "Nos peleamos el mes de marzo pasado... poco antes de que ésta se volviera loca...” -señalando con la cucharilla del té a la Liebre de Marzo

-Fue en el gran concierto que dio la Reina de Corazones, donde yo tenía que cantar: ¡Tiembla, tiembla, murcielaguito! ¡Yo no sé que tramarás!"

-¿Conoces la canción por casualidad?

-Me parece que la he oído -dijo Alicia.

-Pues verás -continuó diciendo el Sombrerero-; sigue así: "Por encima del mundo, vuela cual bandeja de té por los aires. ¡Tiembla, tiembla...!

Aquí el Lirón se sacudió, y empezó a cantar en sueños: ¡Tiembla, tiembla, tiembla, tiembla...!, y así siguió durante tanto tiempo, que tuvieron que pellizcarle para que parase.

-Bueno, pues apenas había terminado la primera estrofa -dijo el

Sombrerero-, cuando chilló la Reina: "¡Está matando el tiempo! ¡Que le corten la cabeza!".

-¡Qué crueldad! -exclamó Alicia.

-Y desde entonces -prosiguió el Sombrerero con tristeza-, ¡no quiere hacer lo que le pido! Ahora siempre son las seis.

A Alicia le vino a la cabeza una idea luminosa.

-¿Es ésa la razón por la que ponen tantos servicios de té en la mesa?

preguntó.

-Sí, ésa es -dijo el Sombrerero con un suspiro-: siempre es la hora del té, y no nos da tiempo a fregar las tazas entremedias.

-Entonces tienen que ir cambiando de sitio, ¿no? -dijo Alicia.

-Exactamente -dijo el Sombrerero-: a medida que las vamos ensuciando.

-Pero, ¿qué ocurre cuando tienen que empezar de nuevo? -se atrevió a

preguntar Alicia.

-¿Y si cambiamos de tema? -interrumpió la Liebre de Marzo, bostezando-Me estoy cansando de eso. Propongo que esta señorita nos cuente un cuento.

-Me temo que no sé ninguno -dijo Alicia, algo alarmada ante la sugerencia.

-¡Entonces que lo cuente el Lirón! -Exclamaron los dos

-¡Despierta, Lirón! -y le pellizcaron por los dos lados a un tiempo.

El Lirón abrió los ojos lentamente. "No estaba dormido", dijo con voz

ronca y débil; "he oído todo lo que hablabais".

-¿Cuéntanos un cuento! -dijo la Liebre de Marzo.

-¿Sí, por favor! -suplicó, Alicia.

-Y hazlo de prisa -añadió la Liebre-; no sea que te vuelvas a dormir antes de haber terminado.

-Había una vez tres hermanitas -empezó apresuradamente el Lirón-, que se llamaban Elsie, Lacie y Tillie, y vivían en el fondo de un pozo...

-?Y de qué se alimentaban -dijo Alicia, siempre interesada por las

cuestiones de comer y beber.

-Se alimentaban de melaza -dijo el Lirón, después de pensarlo un minuto o dos.

-No habrían podido -comentó Alicia suavemente-. Se habrían puesto malas.

-Y se pusieron -dijo el Lirón-: se pusieron malísimas.

Alicia trató de imaginar un poco cómo sería tan extraordinaria manera de vivir, pero se sentía demasiado perpleja; de modo que siguió preguntando:

-Pero, ¿por qué vivían en el fondo de un pozo?

-Toma un poco más de té -le dijo la Liebre de Marzo a Alicia, muy

seriamente.

-Todavía no he tomado nada -replicó Alicia en tono ofendido-, así que no puedo tomar más.

-Dirás que no puedes tomar menos terció el Sombrerero-: es muy fácil tomar más que nada.

-Nadie le ha pedido su opinión -dijo Alicia.

-¿Quién está haciendo comentarios personales ahora? -preguntó el

Sombrerero triunfalmente.

Alicia no supo qué contestar a esto; así que se sirvió un poco de té y pan con mantequilla; luego se volvió hacia el Lirón, y repitió la pregunta-.

¿Porqué vivían en el fondo de un pozo?

El Lirón se tomó otra vez un minuto o dos para pensarlo, y luego dijo:

-Era un pozo de melaza.

-¡Eso no existe! -empezó Alicia muy enfadada, pero el Sombrerero y la Liebre de Marzo sisearon: "¡Chist! ¡Chist!”, y el Lirón comentó de mal humor: "Si no te comportas con educación, será mejor que termines tú el cuento".

-¡No por favor, continúa! -dijo Alicia humildemente-. No le volveré a interrumpir otra vez. Incluso creo que puede que exista uno.

-¡Pues claro que existe! -dijo el Lirón indignado. Sin embargo, accedió a proseguir-: Así que las tres hermanitas... estaban aprendiendo a sacar...

-¿Qué sacaban? -dijo Alicia, olvidando por completo su promesa.

-Melaza -dijo el Lirón, sin pararse a pensar esta vez.

-Quiero una taza limpia -interrumpió el Sombrerero-; cambiémonos de sitio.

Se cambió, mientras hablaba, y el Lirón le siguió; la Liebre de Marzo ocupó el sitio del Lirón, y Alicia, de mala gana, se sentó en el de la Liebre de Marzo. El Sombrerero era el único que salía beneficiado con el cambio; y Alicia se encontró peor que antes, ya que la Liebre de Marzo acababa de derramar la jarra de la leche en su plato.

Alicia no quiso ofender al Lirón otra vez, así que empezó muy cautamente:

-Pero no comprendo. ¿De dónde sacaban la melaza?

-De un pozo de agua se puede sacar agua -dijo el Sombrerero-; así que imagino que de un pozo de melaza se podrá sacar melaza... ¿no, tonta?

-Pero ellas estaban dentro del pozo -dijo Alicia al Lirón, prefiriendo no darse por enterada de este último comentario.

-Por supuesto que lo estaban -dijo el Lirón-: y bien dentro. Esta respuesta confundió tanto a la pobre Alicia, que dejó al Lirón que siguiera durante un rato sin interrumpirle.

-Estaban aprendiendo a sacar... y a dibujar -siguió el Lirón, bostezando y frotándose los ojos, ya que le estaba entrando sueño-, toda clase de cosas... todo lo que empezaba por M ...

-¿Por qué por M? -dijo Alicia.

-¿Por qué no? -dijo la Liebre de Marzo.

Alicia se quedó callada.

Al Lirón se le habían cerrado ya los ojos, y empezaba a cabecear; pero al pellizcarle el Sombrerero, volvió a despertarse con un pequeño alarido, y prosiguió: "... Lo que empieza por M; como matarratas, mar, memoria y magnitud; como cuando decimos que las cosas que son "más o menos lo mismo"; ¿has visto alguna vez dibujar una magnitud?

-La verdad: ahora que me lo preguntas -dijo Alicia muy confusa-, no

creo...

-Entonces no hables -dijo el Sombrerero.

Esta muestra de descortesía era más de lo que Alicia podía soportar: se levantó indignada, y se fue; el Lirón se quedó dormido instantáneamente, y ninguno de los otros dos se dio por enterado de su marcha, aunque ella se volvió una o dos veces, medio esperando que la llamasen; la última vez que les vio, estaban tratando de meter al Lirón en la tetera.

-¡De todos modos, no volveré! -se dijo Alicia, mientras se internaba por el bosque-. Es el té más estúpido al que he asistido en toda mi vida! Nada más decir esto, observó que uno, de los árboles tenía una puerta que daba acceso a su interior. "¡Qué cosa tan curiosa!", pensó Alicia. "Aunque hoy todo es curioso. Creo que voy a meterme por aquí sin más". Y se metió.

Otra vez se encontró en la sala larga, y junto a la mesita de cristal. "Bueno, ahora haré las cosas mejor", se dijo a si misma; y empezó por coger la llavecita de oro, y abrir la puerta que conducía al jardín. Luego se puso a mordisquear la seta (se había guardado un trocito en el bolsillo) hasta que tuvo un pie de estatura; entonces se internó por el pasadizo; y a continuación... se encontró en el hermoso jardín, entre brillantes macizos de flores y frescas fuentes.