jueves, 10 de abril de 2008

Asne Seierstad

Asne Seierstad, periodista, autora de "El librero de Kabul"

"En Afganistán, una mujer no es nada"

Tengo 33 años y nací en Oslo (Noruega). Soy periodista y escritora: he sido corresponsal de guerra en Kosovo, Chechenia y Afganistán. Estoy soltera, y sin hijos. Soy de izquierdas y agnóstica. Entré con la Alianza del Norte en Kabul, donde me acogió un librero con cuya familia conviví: he contado en un libro lo que vi, y a él no le ha gustado.

VÍCTOR–M. AMELA - 22/12/2003

Entré en Kabul en noviembre del 2001, con las tropas de la Alianza del Norte. Me había unido a ellos en Tayikistán: era la única manera de avanzar por territorio afgano, mientras iban desplazando hacia el sur a los talibán, hasta poder entrar en Kabul.

–¿En qué eran diferentes aquellos señores de la guerra de la Alianza y los talibán?

–En que ellos no compartían el delirio anticultural talibán de dinamitar estatuas, quemar museos, prohibir la música...

–¿Y con respecto a las mujeres?

–Los talibán les prohibieron trabajar, estudiar, salir de casa: ¡eran lo peor...! Aunque hoy, en la práctica, la cosa no es tan distinta.

–¿No? ¿Por qué?

–El nuevo Gobierno sólo controla el palacio presidencial. En el resto del país, hay señores feudales y cultura machista: ¿de qué sirve que el presidente permita estudiar a las mujeres si los hombres de las familias lo impiden?

–“Machismo sociológico”, decimos aquí.

–Es lo que vi. Algo que sólo cambiará con la educación de las nuevas generaciones.

–¿Qué le chocó más al entrar en Kabul?

–La alegría que se desató con la caída del régimen talibán: ¡al fin la gente podía cantar, jugar...! Se libraban del terror en su vida cotidiana. Eso es lo que más recuerdo de aquel primer día..., además de un exótico cartel que vi sobre una puerta: “Librería”, rezaba.

–¿Por qué le pareció exótico?

–¡Porque todo libro que no fuera islámico estaba prohibido en el Kabul talibán! Como periodista, sentí que ahí había una buena historia que contar. Y entré. Y conocí al librero.

–“El librero de Kabul”, que es como titula usted su libro. Se llamaba Sultan Khan, ¿no?

–Sí. Descubrí a un hombre leído, cultivado, educado, liberal, que se jugó la vida durante el régimen talibán, encarcelado y torturado por vender libros clandestinamente.

–Y simpatizó usted con él.

–Sí. Estaba reorganizando su librería, arrancando los papeles con que los talibán le habían tapado las imágenes de los libros. Me pidió que escribiese sobre la realidad de su país. Y me invitó a cenar con su familia.

–Qué hospitalario. Y usted aceptó...

–¡Claro! Era una excelente oportunidad de conocer cómo era una familia afgana de verdad. Fue una cena alegre... en la que las mujeres sólo hablaban si se les preguntaba algo.

–¿Eso le sorprendió?

–Me chocó que esa modernidad y apertura mental de Sultan Khan conviviera con esa actitud misógina tan ancestral. Su familia me acogió, y conviví con ellos durante cuatro meses. Y así me enteré de muchas cosas...

–¿Por ejemplo?

–Sultan me había dicho que su primera esposa, Sharifa, de 50 años, había aceptado bien que se casase con una segunda, Sonya, de 16 años. ¡Falso!: cuando tuve confianza con Sharifa, me explicó que lloró veinte días.

–¿Ante la indiferencia de Sultan Khan?

–Todas las bodas en Afganistán son arregladas por los hombres, sin la opinión de las mujeres. Una chica de la familia se enamoró de un profesor; la familia no lo aprobó y la casaron con un viudo de 50 años y 10 hijos.

–¿Y ella no pudo rebelarse?

–¿Cómo? La figura de la mujer sola es impensable allí (a menos que seas viuda). ¡Nadie le alquilaría siquiera un piso para vivir!

–¿Qué más le explicaron las mujeres?

–Shalika se citó en un parque con un chico, para conocerlo mejor... Los hermanos se enteraron, y la golpearon y la encerraron.

–¿De por vida?

–Sí, por haber deshonrado a la familia. A menos que se casase con el chico... Y ella lo hizo, y fue infeliz, porque era mal chico.

–Y todo eso lo explicó usted en su libro.

–Sí. ¡Y a Sultan Khan le indignó! Le enfureció ver que no salía sólo su versión de las cosas, sino también la de las mujeres.

–Quizá se sintió traicionado: él la acoge en su casa..., ¡y usted lo deja como un trapo!

–Al principio, sí me sentí algo culpable por eso; pero después, al ver su actitud, ya no.

–¿Qué actitud?

–Sultan viajó hasta Oslo y me exigió ¡que quemase todos los ejemplares, incluidos los de las traducciones a doce idiomas!

–Vaya, un librero “Farenheit 451”...

–¡Me pareció toda una paradoja que me pidiera eso alguien que tantos libros había salvado en Kabul durante la amenaza talibán...!

–¿Y qué le replicó usted?

–Que era muy poco razonable. Y que eso, además, era ya imposible.

–¿Qué piensa hacer él ahora?

–Ha interpuesto una demanda. Pero dudo que un juez acepte que aquí haya caso legal.

–¿Y caso ético?

–Me sentí culpable, pero hoy pienso que él no es víctima: él era culto y sabía cómo pensamos los occidentales, y sabía que yo era una periodista: ¿de qué se sorprende ahora?

–¿A él qué le hubiera gustado leer?

–Le hubiera gustado verse retratado como héroe nacional y nada más. No que Jamilca, de 18 años, fue asfixiada con una almohada por sus hermanos, por haber “deshonrado” a la familia... Ni pactamos jamás el contenido del libro, ni le engañé, ni relato nada falso.

–¿Qué opinión tiene ahora usted de él?

–Que Afganistán necesita de hombres como él, tan trabajadores, cosmopolitas y nada fundamentalistas..., ¡pero deben aceptar también la democracia en el seno de sus familias!

–El libro está siendo un éxito mundial...

–La mitad de los beneficios los envío a Kabul para la educación de mujeres. ¡Es que ellas ni saben que tienen derechos! Por eso toda mujer, al quedar embarazada, ¡reza para que sea niño! Y lo pide en voz alta. Y las niñas oyen eso: desde la infancia saben que son una mierda..., y el círculo se perpetúa.

http://www.lavanguardia.es/web/20031222/51149153587.html