lunes, 21 de abril de 2008

Ataúdes

ATAúDES.

Todo buen gángster de Chicago merecía un buen ataúd. Cuando en 1928 a Antonio Lombardo le llenaron la cabeza de balas DUMDUM, se convirtió en el tercer presidente de la feudal Unión Siciliana por ser muerto a tiros. Fue alojado en un pesado féretro de bronce coronado por un águila de cobre, para transportar el cual hicieron falta doce hombres. Otro ejemplar destacado recibió el cuerpo de Frank Capone, hermano de Al, que en 1924 perdió la vida, en cumplimiento del deber, mientras ayudaba al alcalde Klenha a ganar las elecciones del distrito de CICERO. Frank fue a la tumba en un ataúd chapado en plata y festoneado de seda.

Víncent Intrigas Drucci halló reposo en un chisme de plata y aluminio que valía 10.000 dólares. Pero el pandillero irlandés O'BANNION lo superó. Su ataúd llegó rá-pidamente a Chicago, procedente de Filadelfia, en una furgoneta privada; el diseño, con sus herméticas paredes de plata y bronce y su gruesa tapa de cristal que permitía ver al sonriente asesino reposando sobre cojines de seda, recordaba la versión disneyniana de La bella durmiente. Las esquinas del féretro lucían adornos labrados en plata maciza.

En el siglo XIX los británicos se inclinaban por metales más bajos. Con diseño patentado por Edward Lillie Bridgaman se construían ataúdes de hierro. Estos contenedores inexpugnables defendían al difunto de la epidemia de robos de cadáveres. Hacia 1822 Bridgaman se anunciaba en la Wooler's British Gazette de la siguiente manera: "Este invierno miles de cuerpos serán extraídos de ataúdes de made-ra para servir en clases de anatomía. Es momento de decidirse por el hierro. Sólo hay un ataúd seguro: el Bridgman patentado de hierro forjado".

No parece insensato que el anuncio invitara a quien iba a enterrar «a una madre, un marido, un hijo o un amigo» a pensar si en verdad quería que un canalla exhumase al ser querido y un estudiante de medicina lo cortara en pedacitos. Anuncios subsiguientes darían cuenta de que el negocio iba en alza. El precio del artilugio de Bridgman, dotado de cerrojos interiores, era de 31 libras y lo chelines, una suma considerable para esos tiempos.

Similar propósito cumplían las lápidas de hierro y barandas protectoras tan corrientes en las primeras tumbas victorianas.

A menudo la víctima de un secuestro se ve encerrada en condiciones particularmente sombrías. La ESCLAVA sexual Colleen Stan se pasó años emparedada en un doble cajón de madera; en 1993 Stephanie Slater, de Birmingham, le contó al tribunal cómo su raptor la había llevado a un gran garaje a oscuras. «Espero que no seas claustrofóbica, porque vas a entrar en una caja que está dentro de otra", le dijo antes de meterla en un ataúd colocado a su vez en un contenedor con ruedas. Le advirtió que no intentara escapar porque le caerían piedras sobre la cabeza y estaba rodeada de electrodos. Además, la esposó, vendó y amordazó. La primera noche la señorita Siater no hizo más que helarse y a su debido tiempo llegó a creer que ya había abandonado este mundo. «Tenía tanto frío que pensé que estaba muerta -recordó-. Entonces, en esa oscuridad total, vi frente a mí la imagen de Cristo. Era vívida, muy vívida." El relato de la señorita Slater hizo llorar no sólo al jurado, sino también al secuestrador.

Oliver Cyriax
Diccionario del Crimen
Anaya & Mario Muchnik. Colección Milhojas
Madrid, 1996
879 pags.