jueves, 10 de abril de 2008

BERNARD-HENRI LEVY

El cuerpo de Yeltsin

Alba gris y siniestra del siglo XXI. Descomposición rauda y fastidiosa del siglo XX. Afortunadamente, el Vaticano está ahí para decirnos: «¡Paciencia! Esto no ha hecho más que comenzar. La Humanidad acaba de entrar apenas en el comienzo del último año del siglo». La ultimísima oportunidad para los iluminados del milenio. La última esperanza para los decepcionados del paso al año 2000.

El Rabino Phinhas, discípulo de Barl-Sham, da esta explicación del mandamiento del amor que, de pronto, me parece tan luminosa como una especie de glosa o de justificación judía del más enigmático de los mandara compensar, por medio de este amor, la falta de amor del que él es responsable y, de esta forma, reparar el tejido del mundo que su maldad desgarra.

El que no vuelva a haber ni una sola catástrofe natural, el que no pueda ni haya tormenta alguna, ni terremoto, ni crecidas o diluvios de barro mortíferos, sin que inmediatamente sea señalada, detrás del acontecimiento, la mano del diablo, o sea, del hombre, es un residuo de nuestra mentalidad arcaica, de nuestra última superstición. O quizá, por el contrario, una nueva manifestación de las modernas filosofías de la sospecha. En la pluma de uno de esos modernistas, azote del pensamiento único, esta fórmula: la «mundialización del clima»...

Mucho más justa, en Los caminos que no conducen a ninguna parte, esta observación de Heidegger: «Hay una historia de las cosas y, por lo tanto, de los paisajes y, por lo tanto, de los climas, de sus regularidades mudas, de sus desarreglos catastróficos. Heidegger acierta: hay una historia de las cosas. E insiste: «Hay una historia que no es la de los hombres y en la que los hombres no tienen su parte». Antihumanismo heideggeriano o el más eficaz de los cortafuegos ante la sombría fantasía de las causalidades diabólicas.

Está claro que el islamismo radical es el enemigo de Occidente. Y está en todas partes y en todas las circunstancias. Incluido, como dice Samuel P. Huntington citado por Jean Daniel (en Le Nouvel Observateur), en Chechenia. ¿Reconocer eso debe disuadirnos de mirar más allá? ¿Desde cuándo señalar a un enemigo dispensa de reconocer a otro? Los islamistas, sí. Pero también esos otros asesinos que, para extirpar un eventual terrorismo, para responder a las bombas que quizá ellos mismos han hecho explotar, bombardean a las mujeres y a los niños de Grozni, amenazan con arrasar la ciudad y se lanzan a una de las más terribles guerras punitivas de la Historia contemporánea. Ese es otro integrismo. Otra visión negra y catastrófica de la Historia. Y, bajo la máscara glacial del ex miembro del KGB Putin, otra amenaza para las democracias occidentales. Hay que volver a aprender a contar hasta dos. Hay que negarse a elegir entre Putin y los barbudos.

Lo más sorprendente, los más desesperante en la Rusia de Vladimir Putin, es la popularidad de la guerra. Un país en el que nada funciona, excepto la guerra. Una sociedad que ya no cree en nada, excepto en la guerra. Un vínculo social que, en el fondo, quizá esté a punto de reducirse al único deseo de guerra. Quitar ese deseo de guerra, disolver este último cimiento que es el odio hacia el otro -hoy checheno, mañana occidental o americano- y no estoy seguro de que quede gran cosa de la sociabilidad poscomunista en Rusia.

El cuerpo obeso de Boris Yeltsin. Y, como contrapunto, en las revistas que, la semana de su dimisión, hacen un balance de su carrera política, esas fotos de antaño. En bañador, en una playa, esbelto, extraordinariamente joven, cuerpo de atleta o de actor de los años 30. ¡Hace tan sólo siete años! Y parece otro hombre y otra época, hasta el blanco y negro de los clichés que nos reenvían a un lejano pasado. ¡Todo cambia tan rápido! El primer jefe de Estado ruso poscomunista, el símbolo del paso a la democracia, el joven Yeltsin de pie sobre un tanque, desafiando a los golpistas de 1991 se convirtió tan pronto en esta estrella mafiosa, hinchado de alcohol y de crueldad. Hasta en ese cuerpo que, en una elocuente mueca del destino, recuerda al de los jerarcas breznevianos. Revancha de la psicología. Retraso de la política en lo que a los cuerpos se refiere.

Quizá Jamel Debbouze sea un provocador. Quizá este formidable actor estaba interpretando una comedia, incluso en la escena en la que se lo ve tumbado en el suelo, inerme, entre los policías que, según dice, acaban de golpearlo. En cualquier caso, supongamos, por un sólo instante, que Debbouze se llamase Bedos. Imaginemos que hubiese tenido el rostro de Palmade o de Laurent Guerra. Imaginemos que la CRS, esa noche, le hubiese simplemente reconocido. No habría pasado nada. Esta coproducción Debbouze-CRS no habría estado en todas las portadas de los periódicos. Y la policía republicana nos habría evitado lo que quedará como su primera mancha del año 2000.

Traducción: Juan Manuel Vidal.
EL MUNDO
Miércoles, 12 de enero de 2000