lunes, 14 de abril de 2008

Biografía de Wittgenstein.5

Monk, Ray.

"Ludwig Wittgenstein".

Traducción: Damián Alou.

Editorial Anagrama.

Barcelona, marzo 1997, 2da.edición

Tit.Orig.: Ludwig Wittgenstein. The Duty of Genius.

Jonathan Cape. London 1990

547 pp

1ra. edición febrero 1994.

(continúa)

Cap.15. FRANCIS

El quijotesco asalto de Wittgenstein a la posición de las matemáticas puras alcanzó su punto culminante durante el año académico de 1932-1933. Durante ese año dio una serie de cursos, uno titulado «Filosofía», y el otro «Filosofía de las matemáticas». En este último intentó combatir lo que veía como la funesta influencia de los libros de texto sobre los estudiantes. Les leyó extractos de "Matemática Pura", de Hardy (el texto utilizado en la universidad en esa época) y con ellos ilustró la niebla filosófica que según él rodeaba la totalidad de la disciplina de la matemática pura: una niebla que él creía debía ser disipada solamente desarraigando los supuestos comúnmente asumidos acerca de las matemáticas, tan profundamente incrustados como rara vez sometidos a examen. El primero de éstos es que las matemáticas se asientan sobre los fundamentos lógicos que les habían otorgado Cantor, Frege y Russell, entre otros. Comenzó sus conferencias con una directa afirmación de su posición en este punto. « ¿Existe un sustrato sobre el que descansan las matemáticas?», preguntó retóricamente:

¿Es la lógica el fundamento de las matemáticas? Desde mi perspectiva de lo que son las matemáticas, la lógica es simplemente una parte de ellas. El cálculo de Russell no es fundamental; es simplemente otro cálculo. No hay nada malo en hacer uso de una ciencia antes de poner los cimientos de ésta.

Otra de estas asunciones es la idea de que las matemáticas consisten en el descubrimiento de hechos que de alguna manera son objetivamente ciertos (acerca de una cosa u otra). Qué hay de verdad en ellas, y en qué consiste su objetividad, ha sido, naturalmente, el tema de la filosofía de las matemáticas desde la época de Platón, y los filósofos se han dividido tradicionalmente entre aquellos que dicen que las afirmaciones matemáticas son ciertas en cuanto se refieren al mundo Físico (empiristas), y aquellos que, creyendo que esta visión no hace justicia a la inexorabilidad de las matemáticas, afirman la existencia del mundo matemático: el mundo eterno de las formas o las ideas de Platón (de aquí, platónicos). A esta división, Kant añadía una tercera opinión, que es la de que las afirmaciones matemáticas son ciertas por lo que se refiere a la «forma de nuestra intuición», y ésta era, grosso modo, la opinión de Brouwer y la escuela intuicionista. Pero, para Wittgenstein, la idea de que la finalidad de las matemáticas era descubrir verdades constituía un error surgido del desarrollo de la matemática pura y de la separación de las matemáticas de la ciencia física (la escoba no utilizada que se toma por una parte del mobiliario). Si, dice Wittgenstein, vemos las matemáticas como una serie de técnicas (para calcular, medir, etc.), entonces la cuestión de qué tratan simplemente no se suscitará. La concepción de las matemáticas que Wittgenstein ataca se concreta bastante sucintamente en una conferencia pronunciada por Hardy, publicada en Mind en 1929 con el título de «Prueba matemática». Hardy que, según parece, veía su incursión en la filosofía como una especie de ligero desahogo en su trabajo más serio como matemático afirma de manera inequívoca:

"... ningún matemático puede ver con simpatía una filosofía que no admita, de una manera u otra, la validez inmutable e incondicional de la verdad matemática. Los teoremas matemáticos son verdaderos o falsos; su verdad o falsedad es absoluta e independiente de que los conozcamos o no. En cierto sentido, la verdad matemática es parte de una realidad objetiva... [Las proposiciones matemáticas] son, en uno u otro sentido, y por muy elusivo y sofisticado que pueda ser ese sentido, teoremas que se refieren a la realidad... No son creaciones de nuestra mente."

Tanto el tono como el contenido de la conferencia enfurecieron a Wittgenstein, quien dijo a sus alumnos:

La cháchara de los matemáticos se vuelve absurda cuando abandonan las matemáticas, por ejemplo, la descripción que da Hardy de las matemáticas como algo que no es una creación de nuestras mentes. Él concebía la filosofía como una decoración, un ambiente, que se dispone alrededor de las severas realidades de las matemáticas y la ciencia. Se considera a estas disciplinas, por un lado, como artículos de primera necesidad, y a la filosofía como la decoración de ese cuarto. Hardy piensa en las opiniones filosóficas. Yo concibo la filosofía como una actividad de desbroce del pensamiento.

En relación a las matemáticas, en esa época Wittgenstein tenía una idea bastante clara de la manera en que quería presentar esa actividad de clarificación; era en la presentación de su posición filosófica más general donde todavía andaba a tientas hacia una formulación satisfactoria. Para él, la filosofía, al igual que las matemáticas, consistían en una serie de técnicas. Pero mientras que las técnicas matemáticas ya existían, y el papel de Wittgenstein radicaba en convencer al público de que las viera como técnicas (y no como proposiciones verdaderas o falsas), las técnicas filosóficas que él deseaba fomentar eran de su propia creación, y estaban aún en sus inicios. En la serie de conferencias titulada «Filosofía», Wittgenstein introdujo una técnica que iba a ser cada vez más crucial en su método filosófico: la técnica de inventar lo que él denominaba «juegos de lenguaje». Se trata de un método consistente en inventar situaciones imaginarias en las que el lenguaje se utiliza para un propósito práctico y bien definido. Puede consistir en unas cuantas palabras o frases de nuestro lenguaje o en un lenguaje totalmente ficticio, pero lo esencial es que, al describir la situación, el lenguaje no puede describirse sin mencionar el uso para el que sirve. La técnica es una especie de terapia, cuyo propósito es librarnos de las confusiones filosóficas que resultan de considerar el lenguaje aisladamente del papel que desempeña en el «flujo de la vida». Como ejemplos del tipo de pensamiento de que intentaba librar a su público, Wittgenstein mencionaba su obra anterior y la de Russell. Ambos, decía, habían llegado a conclusiones erróneas al concentrarse en un tipo de lenguaje, la frase asertiva, al intentar analizar la totalidad del lenguaje como si sólo consistiera en frases de ese tipo, o como si los demás usos del lenguaje pudieran analizarse como variaciones de un tema básico. De este modo, habían llegado a una idea impracticable: la «proposición atómica»:

Tanto Russell como yo teníamos la esperanza de encontrar los primeros elementos, o «individuos», y así las proposiciones atómicas posibles, mediante el análisis lógico... Y los dos tuvimos la culpa por no dar ejemplos de proposiciones atómicas o de individuos. De manera diferente, los dos dejamos a un lado la cuestión de los ejemplos. No deberíamos haber dicho: «No podemos dar ejemplos porque el análisis no ha ido lo suficientemente lejos, pero con el tiempo ya llegaremos a eso.»

Él y Russell habían tenido una noción demasiado rígida de lo que era una proposición, y el propósito del método de los juegos de lenguaje era, por así decir, aflojar tales ideas. Por ejemplo, le pedía a su audiencia que considerara el juego de lenguaje que consistía en enseñarle el lenguaje a un niño señalándole cosas y pronunciando las palabras que les corresponden. En este juego, preguntaba, ¿dónde comienza el uso de una proposición? Si decimos: «Libro», y él nos trae un libro, ¿ha aprendido una proposición? ¿0 ha aprendido proposiciones sólo cuando surge la cuestión de la verdad y la falsedad? Pero aún entonces, una palabra por ejemplo, la palabra «Seis», en respuesta a la cuestión « ¿Cuántas sillas hay?» podría ser verdadera o falsa. ¿Y es, por tanto, una proposición? Wittgenstein da a entender que no importa cómo respondamos a estas preguntas; lo importante es que veamos lo arbitraria que sería cualquier respuesta, y de este modo lo fluidos que son los conceptos: demasiado fluidos como para ser encajados en el tipo de análisis por el que abogaban Russell y él mismo:

Por medio de los juegos del lenguaje he querido mostrar la manera tan vaga en que utilizamos «el lenguaje», «la proposición», «la frase». Existen muchas cosas, como por ejemplo las órdenes, que pueden o no ser llamadas proposiciones, y podemos llamar lenguaje a más de un juego. Los juegos de lenguaje son una clave para comprender la lógica. Ya que lo que llamamos proposiciones es algo más o menos arbitrario, lo que llamamos lógica juega un papel distinto del que Russell y Frege imaginaban.

Entre aquellos que asistían a las conferencias había un estudiante de matemáticas de veintiún años, que por entonces estaba en su tercer año en el Trinity, y que pronto se iba a convertir en la persona más importante en la vida de Wittgenstein: en su compañero inseparable, su confidente, e incluso en su más valioso colaborador en su trabajo filosófico. Francis Skinner había llegado a Cambridge procedente de St. Paul's en 1930, y fue reconocido como uno de los matemáticos más prometedores de su edad. En su segundo año en Cambridge, sin embargo, su trabajo matemático comenzó a ocupar un lugar secundario, por detrás de su interés por Wittgenstein. Se dedicó a Wittgenstein de una manera total, acrítica y obsesiva. Qué había en él que atrajera a Wittgenstein, eso es algo acerca de lo que sólo se puede especular. Todos los que le conocieron le recuerdan como una persona tímida, modesta, bien parecida, y, sobre todo, extraordinariamente amable. Y ciertamente atraía a Wittgenstein. Al igual que con Pinsent y Marguerite, la mera presencia de Skinner parecía proporcionarle la paz que precisaba para llevar a cabo su trabajo. En 1932, Wittgenstein escribió una nota referente a la obra que por aquel entonces se esforzaba en concluir, en la que sugiere que veía la relación de Skinner con esa obra como algo paralelo a la de Pinsent con el Tractatus:

En caso de que muera antes de finalizar o publicar este libro, mis notas deben ser publicadas como fragmentos bajo el título de «Observaciones filosóficas», y con la dedicatoria: «A Francis Skinner.»

Wittgenstein conservaba las cartas de Skinner, y fueron encontradas entre sus posesiones tras su muerte, por lo que a partir de ellas podemos reconstruir cómo se desarrolló su relación. (Las cartas de Wittgenstein a Skinner fueron recuperadas por aquél tras la muerte de Skinner, y fueron, presumiblemente, quemadas.) La primera carta que sobrevive tiene fecha del 26 de diciembre de 1932, y está escrita en agradecimiento a Wittgenstein por haberle dado un árbol de Navidad. Dos días más tarde, Skinner escribe: «Me alegra leer que piensa en mí. Yo pienso mucho en usted.» Pero no fue hasta la Semana Santa de 1933 cuando se convirtieron en «Ludwig» y «Francis», y cuando Skinner comenzó a expresarse en términos que sugieren que estaba escribiendo aunque de manera nerviosa y cohibida a una persona amada. El 25 de marzo, mientras estaba de vacaciones en Guernesey, escribió:

Querido Ludwig: He pensado mucho en ti desde que te marchaste el sábado pasado. Espero pensar en ti de la manera adecuada. Cuando hablamos del estuche que tu hermana te había dado, sonreí varias veces, y dijiste que podías darte cuenta de que no era una sonrisa bondadosa. A veces, cuando pienso en ti, sonrío de la misma manera. Siempre supe que sonreír estaba mal, porque inmediatamente después intentaba sacármelo de la cabeza, pero no sabía lo poco bondadoso que era eso. ... Voy a quedarme un par de días en una isla del Canal, donde hay algunas personas que hablan francés. Recuerdo que una vez te pregunté si sabías hablar francés, y me dijiste que cuando eras pequeño te enseñó una señora que vivía en tu casa y que era muy amable. Cuando pensé en ello esta mañana, tuve la esperanza de que te complacería saber lo mucho que disfrutaba al ver que recordaba cosas como ésta, que tú me habías contado. Francis

Debemos suponer que Wittgenstein encontraba simpática la simplicidad infantil casi podría decirse la candidez revelada en esta carta. Ciertamente, las cartas de Skinner no muestran nada del «ingenio» que a Wittgenstein tanto le desagradaba en muchos estudiantes y catedráticos de Cambridge. No era de esos a los que se oía decir: « ¡Oh, desde luego!» Sus cartas tampoco muestran ni rastro de egotismo. En su devoción a Wittgenstein (que mantuvo durante el resto de su vida, trágicamente breve), Skinner renuncio a su voluntad casi por completo. Todo lo demás resultaba secundario. Su hermana recuerda que cuando ella y su madre fueron al Trinity a ver a Francis, lo encontraron bajando las escaleras apresuradamente y haciéndolas callar: «Estoy ocupado. Tengo aquí al doctor Wittgenstein. Estamos trabajando. Volved más tarde.» Skinner es el más perfecto ejemplo de la inocencia infantil y la inteligencia de primera clase que Fania Pascal había descrito como los requisitos necesarios para ser discípulo de Wittgenstein. Skinner procedía de una familia educada en el valor de los logros académicos. Su padre era físico en el Politécnico de Chelsea, y sus dos hermanas mayores habían estado en Cambridge antes que él, la primera estudiando clásicas, y la segunda, matemáticas. Todos esperaban de hecho, lo veían como algo inevitable que Francis siguiera ese mismo rumbo académico. Y de no haber sido por la intervención de Wittgenstein, así habría sido con toda certeza. Tanto absorbió Wittgenstein a Skinner durante su último año como estudiante que, en el verano de 1933, cuando se graduó en matemáticas con la nota más alta y se le concedió una beca de postrado, su familia tuvo la impresión de que lo único que le interesaba de todo eso era seguir trabajando con Wittgenstein. De hecho, la beca fue concedida por el Trinity a fin de que la utilizara para proseguir con su investigación en matemáticas. Por esa época, a Skinner se le hacía difícil soportar las largas vacaciones de verano que Wittgenstein pasaba lejos de Cambridge. A final de verano escribió: «Me siento demasiado lejos de ti, y anhelo estar cerca de nuevo.» Le envió a Wittgenstein una serie de postales en las que aparecían fotos con escenas de su ciudad natal de Letchworth, en Henfordshire. En las postales garabateaba comentarios ostensiblemente destinados a explicarle un poco la ciudad a Wittgenstein, pero que de hecho son muy reveladores del estado de ánimo de Skinner, y dejan entrever que, con Wittgenstein alejado cientos de kilómetros, Letchworth era el último lugar de la tierra en el que deseaba estar. En una postal en la que aparece Howard Corner, le explicaba que el «Jardín de la Ciudad» de Letchworth había sido fundado por Sir Ebenezer Howard, quien deseaba que todo el mundo tuviera una oportunidad de vivir en el campo. «El resultado», escribe, «es algo increíblemente deprimente y terrible (para mí, en todo caso).» En una postal que muestra la calle Mayor: «Ésta es la carretera que va a la ciudad y a la estación. Hay una hilera de casas a este lado. Siempre hacen que me sienta desgraciado.» Sobre una foto del Spirella Works: «Esta es la fábrica más grande de Letchworth.... el jardín me parece vulgar y siempre está descuidado.» Las dos últimas postales muestran Leys Avenue «una calle muy sombría y deprimente. Todo el mundo va desagradablemente vestido y lleva una expresión tan mezquina en el rostro» y East Cheap «un nombre absurdo... Cuando estoy en estas calles me siento rodeado de habladurías». Sus relaciones con Wittgenstein iban a proporcionarle una especie de escape a esta existencia «marchita» y «sombría», y, con el tiempo en gran parte para consternación de su familia una liberación de lo que se esperaba de él. También iban a proporcionarle una nueva serie de expectativas, a las cuales se amoldó celosamente. Durante los tres años en que disfrutó de su beca de postrado trabajó asiduamente con Wittgenstein en los preparativos para la publicación de la obra de este último, y cuando llegó el momento abandonó del todo la vida académica para ejercer un empleo, algo que Wittgenstein consideraba más adecuado para él. La convicción con que Wittgenstein aconsejaba a sus amigos y estudiantes que abandonaran la vida académica se basaba en su creencia de que ese ambiente estaba demasiado enrarecido para poder respirar adecuadamente. No hay oxígeno en Cambridge, le dijo a Drury. A él no le importaba: él fabricaba el suyo propio. Pero para las personas que dependían del aire que las rodeaba, era importante huir hacia un ambiente más saludable. Su ideal era un empleo en la profesión médica. Ya había empujado a Marguerite en esa dirección, y en aquella época se preparaba para ser enfermera en Berne, un proyecto en el que Wittgenstein se había tornado un interés personal. Sus relaciones habían perdido cualquier implicación romántica, y Marguerite se había enamorado de Talle SJ*ogren, aunque Wittgenstein viajaba de vez en cuando a Berne para ver cómo le iban los estudios a Marguerite. En el verano de 1933, tras acabar su proyecto de trabajo con los mineros en paro de Gales, Drury decidió que él también quería ser enfermero. Se le dijo, sin embargo, que con la educación que había recibido sería más útil si estudiaba medicina. Al ser informado de esto, Wittgenstein no tardó en encargarse personalmente del asunto. Lo dispuso todo para que Keynes y Gilbert Pattisson le prestaran a Drury los fondos necesarios, y a éste le envió un telegrama: «Ven a Cambridge en seguida.» Drury apenas acababa de bajarse del tren cuando Wittgenstein le anunció: «Ya no va ha haber más discusiones a este respecto: está todo arreglado, vas a comenzar a estudiar medicina en seguida.» Posteriormente diría que, de todos sus estudiantes, su influencia en la carrera de Drury era la que más le llenaba de orgullo y satisfacción. En más de una ocasión, el propio Wittgenstein consideró seriamente estudiar medicina, y escapar de la «falta de vida» de la filosofía académica. Puede que fuera capaz de generar oxígeno, pero ¿qué sentido tenía proporcionarle pulmones a un cadáver? Naturalmente, sabía que muchísimos filósofos deseaban conocer sus ideas más recientes, y en 1933 era de dominio público, particularmente en Cambridge y en Viena, que había cambiado radicalmente sus posiciones desde la publicación del Tractatus. Rehusaba decididamente aceptar que era para ellos para los «periodistas filosóficos» para quienes preparaba su nueva obra, y no podía soportar ver su propio oxígeno reciclado por esa gente. En marzo de 1933, le dolió ver un artículo de Richard Braithwaite en una serie titulada Cambridge University Studies, en el que Braithwaite esbozaba la impresión que varios filósofos, incluido Wittgenstein, le habían causado. El hecho de que pudiera considerarse a Braithwaite el encargado de presentar las opiniones que Wittgenstein sostenía entonces le empujó a escribir una carta a Mind, rechazando la paternidad de las opiniones que se le atribuían: «Parte de las afirmaciones (de Braithwaite) pueden tomarse por representaciones inexactas de mis opiniones», escribe, «otras las contradicen claramente.» Finalizaba diciendo:

Lo que retarda la publicación de mi obra, la dificultad de presentarla de una manera clara y coherente, me impide a fortiori expresar mis opiniones dentro del espacio de una carta. De manera que el lector debe suspender su juicio respecto de ellas.

En ese mismo número de Mind aparece una contrita disculpa de Braithwaite, de la que, sin embargo, lo mejor es el final: «Hasta qué punto he presentado de manera errónea las ideas del doctor Wittgenstein es algo que no podrá juzgarse hasta la aparición del libro que todos esperamos con impaciencia.»