sábado, 19 de abril de 2008

Militares rusos

¿Qué HA SIDO DEL EJÉRCITO ROJO?

JEAN MEYER

UNA PARADOJA

El aparato militar soviético era impresionante, por más que haya sido exagerada su fuerza y su eficiencia. Sin embargo, no era el fruto de alguna militarización de la sociedad, como lo afirmaron ciertos autores, o si aceptamos hablar de militarización, habría que utilizar el calificativo de "paradójica" ya que el desarrollo de las fuerzas armadas se hizo muchas veces en detrimento del estatuto de los militares, como resultado de una doctrina peculiar, oriunda del marxismo leninismo, desarrollada por los dirigentes civiles a partir de 1928-1930 y culminando en los diez últimos años anteriores a la perestroika.

La cuestión militar ha sido curiosamente olvidada por los historiadores de Rusia y por los sovietólogos, en cuanto factor político. Conocemos, en el caso del siglo XIX, a cualquier anarco-revolucionario y al último de los movimientos campesinos, pero se nos olvida que, en el presupuesto del Estado, el ejército ocupó siempre el primer lugar. Desde Pedro el Grande, los zares concibieron al poder militar de Rusia como una prioridad casi existencial, que definía todo lo demás. Los bolcheviques y el poder soviético no pensaron de otro modo; hasta se justificó tal opción con el discurso pseudo científico marxista-leninista, facilitado por el hecho de que Marx y Engels pensaban en términos militares.

Desde el fin de la NEP hasta Gorbachov, todos los dirigentes siguieron esa prioridad justificada por una ideología militar: lucha de clases, revolución y guerra son los motores de la historia hasta la victoria final. Eso puede explicar la lealtad de las fuerzas armadas al poder soviético y el hecho de que los militares hayan sido los últimos soviéticos. Eso no significa que los militares hayan sido los amos, ni mucho menos que el sistema soviético haya sido una dictadura militar, un régimen castrense. Significa la opción militar de un poder civil ideocrático, que lo subordina todo a la meta final: el socialismo mundial ha engendrado de manera permanente una economìa de guerra en tiempos de paz, ha sometido la economìa, el empleo, la sociedad, la política y la educación a la prioridad militar. Es extraño que aparte de William Odon o de Jacques Sapir pocos hayan visto este aspecto esencial del sistema soviético.

Los economistas han sido especialmente tercos en no aceptar el hecho, o en restarle importancia. Hasta la CIA, que contribuyó a crear el mito de la superioridad militar soviética, no lo vio. En cuanto a los “political scientist” no tomaron en serio la ideología bolchevique como base del poderío militar de la URSS, prefirieron explicar de manera “realista” esa hipermilitarización como una reacción defensiva frente al poderío militar norteamericano.

William Odon señala en "The pluralist mirage" (The National Interest, 31, Primavera, 1993:99-108) que esa ilusión llevó a políticos y analistas a equivocarse sobre el alcance de la “detente” (distensión). Apostaron a que la distensión llevaría a la URSS hacia la liberación interna

Y el apaciguamiento externo, a través del fortalecimiento de sus “palomas”. Curiosamente Nixon y Kissinger no vieron que todos sus esfuerzos y concesiones (control de armamentos estratégicos, ayuda alimenticia, ayuda financiera y tecnológica) no hacìan mas que confirmar a Brezhnev en la represión interna y el expansionismo exterior.

Desde Pedro el Grande todas las reformas han sido resultado de la guerra y no de la paz. De la guerra perdida, ciertamente, de la derrota y no de la victoria. Pedro el Grande quiso abrir su país a Europa después de las derrotas iniciales frente a Suecia. Ese cambio, si bien lleva a la modernización, no permite la liberación. Las victorias de Alejandro contra Napoleón consolidan la autocracia durante 50 años y hacen de Rusia el “gendarme de Europa”. En cambio la derrota sufrida en Crimea permite a Alejandro II imponer una serie de reformas, empezando con la emancipación de los siervos, concebidas como la condición necesaria para la reconstrucción del poderío militar de Rusia. La humillación frente a Japón, en 1904, lleva a la Revolución de 1905 y a las reformas ulteriores: un principio de monarquía quía constitucional y una reforma agraria. Las derrotas de la primera guerra mundial engendran la breve república democrática, de febrero a octubre de 1917. En cambio, si la derrota inicial de 1941 obliga a Stalin a otorgar importantes concesiones al sentimiento nacional y religioso, la victoria de 1945 permite una represión redoblada. De 1945 a 1987 la URSS realiza el mayor esfuerzo militar de la historia en tiempos de paz, afirmando su hegemonía sobre la mitad de Europa y ganando clientes en todo el Tercer Mundo. A partir de 1979, en Afganistán, conoce la derrota militar, como lo demuestra, con toda honestidad, el general Boris Gromov en sus recuerdos de campaña (1994). La derrota contribuyó al cambio, esta vez con la perestroika, liberación relativa encabezada por Mijaíl Gorbachov. Los Estados Unidos contribuyeron a la derrota y al cambio armando a los guerrilleros afganos, poniendo fin a la cooperación financiera y tecnológica y lanzándose a la carrera armamentista. Fue la derrota y no la distensión lo que indujo la liberalización.

LA DESINTEGRACION DEL SISTEMA MILITAR SOVIÉTICO

No significa únicamente el desmantelamiento del ejercito rojo y la aparición de varios ejércitos nacionales, sino la crisis del sistema, llamado “militarismo de paradoja" por J. Sapir. La desintegración no se dio en unos días. El sistema habla entrado desde 1979 en una crisis profunda, acelerada por el “síndrome afgano”. La guerra de Afganistán, la destrucción del Boeing coreano en 1983 y la llegada sobre la plaza roja de la avioneta de un joven alemán, precipitaron la toma de conciencia entre oficiales como Shaposhnikov, ahora mariscal, Gromov, Liebed y otros miembros de la generación “afgana". Los jóvenes oficiales se daban cuenta, basta leerlos, de la crisis de doctrina operacional. El sistema económico y científico, por su parte, ya no era capaz de concebir y reducir la tecnología de vanguardia que hubiera equilibrado la superioridad occidental y volver inútil el empleo de armas nucleares. Además el conservadurismo de un alto mando de ancianos no permitía el triunfo de las inquietudes de la nueva generación.

Los “afganos” que merecerían ser llamados “young angry men”, descubrían con horror la inadaptación radical de la economìa y de la administración soviéticas a cualquier tipo de cambio. ¿Cómo justificar el mantenimiento de un sistema económicamente costoso, políticamente dañino, que había perdido la eficacia militar que lo legitimaba?

Esa crisis en el mando, manifestada por la falta de una nueva “doctrina militar”, se acompañaba de una crisis económica y social, la misma que sacudía a la URSS y que seguiría sacudiendo a Rusia y a la CEI, después de 1991. Laure Mandeville (1994) y el mariscal Shaposhnikov documentan el desastre que vive "el ejercito en harapos”. En lo últimos años de la perestroika muchos conscriptos dejaron de presentarse al cuartel; el 70% en noviembre de 1992 -según el procurador militar general-, a pesar de que el tiempo de servicio militar bajó de dos años a 18 meses en el ejercito y de tres a dos años en la marina. El general Vladimir Semenov se queja de que las fuerzas de tierra no ven llegar ni la mitad de efectivos (Moskovskie Novosti, 26 de febrero, 1995). Entre los que no se presentan y los que desertan, el déficit es tal que los oficiales deben hacer el trabajo de los soldados rasos: asegurar la guardia como centinelas o agarrar el pico y la pala. Nada extraño que entre los mismos oficiales las renuncias sean muy numerosas. Pagados un mes sí y un mes no, prefieren, cuando pueden, pasar a la vida civil. Entre los que salen de las escuelas de guerra muchos piden licencia o se van a engrosar las filas de Gobernación, del FSK (es KGB) de las tropas fronterizas que tienen sueldos dobles. El resultado es que nadie sabe cuántos hombres tiene ahora el ejército ruso. Oficialmente, 2.500.000, Posiblemente 1.500.000, de los cuales, menos de 200.000 son “operacionales”. En un coloquio muy reciente J. Sapir llegó a hablar de 1.000.000 soldados, nada más. Según Evgueni Volk, hay dos millones pero muchos regimientos y batallones no existen más que sobre el papel. Los coroneles no avisan de las bajas para poder dar de comer a la tropa y pagar la soldadesca. Tienen que recurrir a esas practicas dignas del siglo XVIII o de la revolución mexicana porque el ejercito es pobre, como un limosnero que recibe “un rancho de miseria” (secretario de Defensa, General P. Grachov, 1994). Según Military Balance (Londres, 1993), el presupuesto del ejército ruso representa la décima parte del presupuesto norteamericano, un poco menos que los fondos recibidos por el ejercito francés. Así se entiende que el mando y la tropa no estén pagados durante meses, que la CFE corte de repente la luz a las bases de cohetes nucleares porque el ejército no ha pagado la cuenta, que los coroneles vendan todo, hasta tanques, para dar de comer a sus soldados, que la tropa salga a robar lo que encuentra y caiga sobre Chechenia como langosta. “No hay en el mundo un solo ejercito en una situación tan catastrófica, dijo el 18 de noviembre de 1994, el general Grachov, a la Duma. Les ruego tomar eso como una advertencia”.

MISTERIO PRESUPUESTAL, MISERIA PRESUPUESTAL

Una cosa son las estadísticas oficiales y otra la realidad. El presupuesto de la defensa y del Complejo Militar Industrial (CMI) siempre fue un secreto de Estado a lo largo de la era soviética. Sigue siendo un misterio en la Rusia republicana. Todos los expertos coinciden en que el ejército no recibe los medios necesarios para cumplir con su función; todos coinciden en que una buena parte de los recursos entregados no aparecen de manera legible en el presupuesto de la nación. El 24 de febrero de 1995. La Dama aprobó en tercera lectura el presupuesto de 1995. La Secretaria de la Defensa, que pedía 110 trillones de rublos, recibió un poco menos de la mitad: 46.58; sin embargo, el presidente Yeltsin prometió financiamiento adicional (Moscow Times, 26 de febrero, 1995: 29-30).

El resultado es que en 1993, 1994 y 1995 entre 70 y 80% de los gastos fueron destinados a gastos de operación, dejando apenas un 20% para inversiones en material e investigación. El general Semenov dice que en 1994 las fuerzas de tierra gastaron el 80% de los fondos recibidos en refaccionar los cuarteles y en construir alojamientos, o sea en gasto social. Para el invierno 1994-1995 la dotación de combustibles no alcanzó el 65% del nivel indispensable. En esas condiciones no se puede renovar el material y se ha tenido que practicar la “autofagia”, quitando piezas para hacer de tres tanques dos, o uno. Para las fuerzas nucleares eso significa una situación muy peligrosa. Tal ejercito no puede hacer volar sus aviones, ni navegar sus barcos, ni practicar su artillería. El mismo general dice que desde 1992 el ejército no ha realizado grandes maniobras a escala divisionaria. En el verano pasado organizó en los Urales siete ejercicios a escala de destacamento, y en Siberia otros ocho, mas dos escala de batallón. o sea, nada. En esas condiciones el ejército no puede empezar a realizar los objetivos definidos en 1993 por la “nueva doctrina militar”: profesionalizarse, crear una fuerza de intervención rápida y cambiar de material. El ministro y general Grachov acaba de decir que la guerra de Chechenia “comprueba que nuestras demandas (presupuestales) eran mas que fundadas” (Moskovskie Novoski, 26 de febrero, 1995: 1). Efectivamente, el mundo vio con asombro en diciembre de 1994 y enero de 1995 la pésima actuación, según todos los criterios, del ejército ruso. Un ejercito de novatos de 17 y 18 años, mal armados, peor comandados, enviados al matadero sin instrucción, practica, ni apoyo logístico, durante varios días sin comer, sin ambulancias ni médicos; una oficialidad muchas veces incapaz y acobardada; una estrategia y una táctica fatal; la moral por los suelos y por fin, después de la derrota vergonzosa, la desbandada para saquear y maltratar a la población civil: un ejercito de muertos de hambre, que duda cabe, un lumpen-ejército. Se entiende mejor esta frase de un oficial: “El ejercito no pide mas que una sola cosa: ser de verdad un ejercito” (Trued, febrero, 1994).

¿DE LA CRISIS MORAL A LA CRISIS POLITICA?

Un ejército de masa, un ejército de conscripción refleja siempre las cualidades y los defectos de la sociedad. En los anos 80 la crisis social tomó aspectos variados, de los cuales los mas conocidos son los comportamientos llamados “asociales” dentro de la institución armada. Ahí está la famosa “dedovshina” (novatadas) que causaba y sigue causando cientos de muertes al año. La URSS desapareció de tal manera que no tienen más que convivir ucranianos, baltos, uzbeks, azeries, armenios, georgianos y rusos; pero Rusia es un mosaico de pueblos y en el ejército ruso siguen los enfrentamientos interétnicos entre conscriptos (“gruppovshina”). Esta violencia notable ha sido revelada al público por los periodistas, la Unión de Oficiales, el movimiento Schit (Escudo) y los comités de Madres de Soldados. Los malos tratamientos infligidos por los suboficiales, la dureza a veces sádica del entrenamiento (drill), las lamentables condiciones de la vida cotidiana (vieja tradición de los ejércitos zaristas y soviéticos, agravada por la miseria presupuestal), todo concurre a provocar una mortandad anormalmente alta entre la tropa; para no hablar del alcoholismo, de la droga y de la corrupción.

La idea de la necesidad urgente de reformar a fondo la institución militar se impuso progresivamente entre 1988 y 1991. Su ambición era liquidar el “militarismo de paradoja”, obstáculo a la reforma económica global, definir una nueva doctrina militar, pasar de un ejército masivo de conscripción a un ejército menos numeroso y más profesional, con la subsecuente reconversión del complejo militar-industrial. Esas buenas intenciones, claramente expuestas por el mariscal Shaposhnikov, se toparon con muchos obstáculos. El alto mando militar y el CMI frenaron y siguen frenando la reforma, mientras que muchos oficiales jóvenes se pronunciaban públicamente a favor.

Esa división de la oficialidad explica el fracaso del golpe comunista de agosto de 1991. Laure Mandeville recoge una serie de testimonios entre los actores; además disponemos de las declaraciones de Shaposhnikov y de sus colegas los generales Gromov, Liebed, Grachov directamente implicados en el golpe y que optaron a favor de Yeltsin, sin hablar de los generales Kobets y Volkogonov, asesores de Yeltsin. El ejercito no aceptó disparar contra los civiles. El fracaso del golpe y la desintegración ulterior de la URSS provocaron el derrumbe del ejército rojo. Todos los esfuerzos del mariscal Shaposhnikov para mantener la unidad de unas fuerzas armadas de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) fracasaron. La decisión tomada por Rusia el 17 de marzo de 1992 de crear su propio ejército no hizo más que reconocer la realidad provocada, en enero, por la aparición de un ejército ucraniano. Shaposhnikov subraya siempre el papel de Ukrania en este proceso complicado y confuso: el ejército rojo había dejado de organizarse sobre una base “republicana” (los soldados ucranianos en Ukrania, etc...) desde 1955, de tal manera que en todas las unidades había soldados de toda la URSS. La creación de los ejércitos nacionales a partir de 1992 significó la dislocación y recomposición de todas las unidades, con un sinfín de dificultades. El caso de la flota del mar Negro es un buen ejemplo del problema planteado por la nueva distribución de las bases, del material y de los hombres. ¿Y qué decir de las armas nucleares? El resultado inmediato fue un caos muy profundo, agravado por la retirada de Europa central y de los países bálticos de cientos de miles de soldados ex-sovieticos.

Ese caos afecta también al CMI enfrentado al doble problema de una baja radical de los pedidos militares y de la ruptura de los lazos económicos con las otras repúblicas de la CEI. Sapir y Stephen Blank (“The crisis of russie’s military economy”, The World and I, febrero, 1995: 425-437) recuerdan que el ejército había sido victima, como todos los ciudadanos, de las pésimas prestaciones de la industria, así que, por ejemplo, los submarinos se transformaban, demasiado frecuentemente, en sepulcros para los marineros. Esa “economìa de guerra sui generis” (Oskar Lange), siempre orientada hacia una guerra mayor, trabajó siempre sobre la base de una movilización permanente. Lo sigue haciendo de tal manera que el CMI escapa a los controles normales en una democracia, esto es, a través del presupuesto y del parlamento. Eso explica la extraña situación presente de una industria militar en quiebra, pero intacta. Los autores son categóricos: no ha habido reconversión del CMI. En 1993, el Estado ordenaba el mantenimiento de las existencias, del potencial de producción, al nivel de 1986, sin tomar en cuenta los cambios del entorno mundial. Resultado: en 1992 la producción de tanques fue 26 veces superior al pedido del ejército. Ciertamente, la organización del CMI en “Company towns” hace que ciudades importantes, regiones enteras dependan exclusivamente de el; el cierre tendría terribles consecuencias sociales, de tal manera que la alianza de los obreros y del CMI intimidan al gobierno. Por lo pronto el sector sigue apartado de toda privatización y su mantenimiento explica en buena parte el fracaso económico global de Rusia.

Lógicamente el CMI desea exportar su producción y recuperar el ejército ruso como cliente principal; para esto y para vencer los obstáculos planteados por la dispersión geográfica de las fábricas en toda la antigua URSS, el CMI empuja hacia la “reintegración”. Actualmente se está en la etapa de los múltiples acuerdos industriales (y militares a veces) bilaterales: estrictamente industrial con Ukrania, militar-industriales con Bielorrusia, Kazajstán, Uzbekistán. El resultado es una sobreproducción militar colosal y su corolario, una política de subsidios por parte del gobierno. Eso tuvo mucho que ver en el repunte de la inflación después de abril de 1994 y en las reticencias del FMI para ayudar a Rusia. La guerra de Chechenia no hizo más que agravar la situación. Ahora tenemos un CMI en bancarrota y sin reconversión por un lado, por el otro un ejército muerto de hambre, cercano a la desintegración, ineficiente, sin capacidad de combate. De tal manera que algunos manejan la hipótesis de que el CMI y la Defensa quisieron la guerra chechenia para demostrar que tenían la razón y conseguir así los créditos que se les negaban.

Por razones políticas, últimamente el presidente Yeltsin se ha acercado al sector militar-industrial, cuyo apetito confirmado amenaza el porvenir democrático de Rusia. A la crisis económica, provocada en gran parte por la herencia del “militarismo de paradoja”, se suma el actual pleito político. Eso tiene repercusiones internas y externas demasiado evidentes y no dejan de ser preocupantes las reflexiones del vice-ministro de la defensa, Andrei Kokoshkin. Él considera que la época presente se parece a la mitad del siglo XVII, cuando después del Tiempo de los Disturbios, Rusia realizó la unión con Ukrania, antes de encontrar a su Pedro el Grande. Kokoshkin, quien admira a Bismarck y Talleyrand, toma como modelo a Gorchakov, el ministro de Alejandro II. Gorchakov, después de la derrota de Crimea, trabajó para reconstruir a Rusia como potencia mundial, realizando todas las reformas sociales y económicas necesarias, como preámbulo a las reformas del ejército y de la flota. Kokoshkin afirma (Moskovskie Novosti, 26 de febrero, 1995:ll) que cree en la “reintegración" (sin violencia) de la antigua URSS.

Por lo pronto las perspectivas son sombrías. El fracaso económico de las reformas fortalece al CMI y lo vuelve una fuerza política decisiva, lo que explica la inicialmente asombrosa conversión de Yeltsin y su convergencia con un Zhirinovkis, plebiscitado por las fuerza armadas en las elecciones de diciembre de 1993. Rusia sigue sobre militarizada, no ha podido reconciliar la realidad económica con las necesidades de su seguridad.

De seguir así no tendrá ni reforma económica, ni desmilitarización, ni democratización.

¿MILITARES EN EL PODER?

En febrero de 1995, el general “afgán” Alexander Liebed declaró al Time (27 de febrero: 20-21) que no descartaba “asumir el poder”, dada la gravedad de la situación, “pero sólo de manera constitucional”. “En Rusia todo es posible. Quizás una explosión social (...) va a alcanzar pronto el punto de ruptura”. En tal caso “sólo las fuerzas armadas podrían evitar la desintegración del país”. “Vivimos tiempos turbios y hay tanta confusión que no se pueden distinguir las cuestiones militares de las políticas”.

Esa última afirmación por parte de un tropero inteligente que no tiene pelo en la lengua, es bastante cierta. Yeltsin lo confirma cuando, en el día del ejército (23 de febrero) dice: “Chechenia nos ha probado una vez más que estamos retrasados en la reforma militar”. Liebed, como Gromov, conoce bien la situación del ejército y la responsabilidad de las autoridades civiles y militares.

Esos generales no han olvidado ni perdonado el desastre de Afganistán y denuncian en Chechenia un segundo Afganistán, provocado por “unos diletantes o unos locos” (Liebed). Gromov aprendió a lo largo de sus tres estancias en Kabul que “no se hace la guerra contra todo un pueblo. El adversario tiene una moral de hierro porque defiende a su patria. Para nuestros soldados es atroz y desmoralizador”. Lieibed dice lo mismo y denuncia el peligro de un “síndrome chechen”. Es impresionante escuchar a esos generales troperos (además de los ya mencionados, los Vorobiev, Kondratiev, Mironov, Aushev, Babychev, Shindarov.. ) criticar la decisión de darle una solución militar a un problema político y denunciar, en términos humanistas, la guerra tal como se la hace en Chechenia. Tanto mas cuanto que son los civiles los que lanzaron el ejército a una aventura “no menos sangrienta que la de Afganistán”, según profetizó Boris Gromov una semana antes del fatídico ll de diciembre de 1994.

Liebed, en su entrevista al Time, recuerda que los civiles quisieron, en agosto de 1991, mandar la tropa contra otros civiles; que en la crisis de 1993, tanto el bando de Yeltsin como el bando del Soviet presionaban a los generales, hasta que se decidieron a regañadientes en favor de Yeltsin. ¿Quien definió entonces la línea política? se pregunta Liebed: “El comandante de un regimiento de tanques. Así que si usted quiere jugar un papel político hoy en Rusia, cuide mucho a los comandantes tanquistas. Ponga un político detrás de cada comandante para que le diga al oído a quién dispararle y a quien no”. Señala el peligro de ver al ejército desintegrarse bajo el impacto de la crisis socio-económica y de la crisis política. Sabe de qué habla porque, como jefe del XIV ejército del Dniestr, es un verdadero "warlord", árbitro de la situación en Transnistría. El general en jefe de la 201 DIM es el árbitro de la situación en Tadzhikistán, y sus colegas lo son en el Cáucaso. “Sí, dice Liebed, ahora cada “príncipe” regional tiene sus tropas. Las paga y por lo mismo ellas ponen su espada a su servicio. Cada quien cree que puede tener su ejercito privado”: Esa aparición de “warlords”, apoyados sobre poderes locales y deseosos de conservar una amplia autonomía, son posibles no solamente en las repúblicas asociadas de la ex-URSS, sino en la misma Rusia.

Sin embargo, como dice Sapir, “la agravación de las crisis económicas y sociales abrirá oportunidades a las fuerzas armadas, solamente si el proceso de desintegración que las afecta es menos rápido que el de la sociedad" (Sapir, 1992: 163).

Hay que seguir de cerca lo que está pasando con la institución militar, tanto para la vida política rusa como para el desarrollo de sus relaciones internacionales. En lo que va del siglo, el ejército ruso y soviètico ha conocido altibajos impresionantes, siempre con importantes consecuencias internacionales. El poderío militar ruso conoció un fuerte y acelerado repunte en vísperas de 1914, unos pocos años después del derrumbe de 1904, lo que fue uno de los factores importantes de la primera guerra mundial. Su debilidad aparente contribuyó a definir la desastrosa conducta de las relaciones internacionales por parte de Europa y de los EE. UU. entre las dos guerras; su repunte inesperado después del derrumbe de 1941 llevó a la guerra fría. Rusia y su ejército se ven muy débiles hoy en día; sería un error grave descontarlos.

BIBLIOGRAFIA

Boris Gromov (general): Ogranichenny Kontinguent) Contingente limitado, Moscú, Progress, 1991. Konstantin Kobets (general): La vie quotidienne à Moscou pendant le putsch, Paris, Hachette, 1991. Lucie Mandeville: Zurmée russe, la puissance en haillons, Parìs, èditions Núm. 1, 1994. Jacques Sapir: Le système militare soviétique, Paris, la Dècouverte, 1988. Jacques Sapir: Feu le systeme soviètique?, Parìs, la Dècouverte, 1992.

Alexander Savinkin: Istoria russkoi armii (Historia del ejercito ruso), Moscú, Secretaria de la Defensa, 1994.

Vladimir Serebriannikov (general): Zugadki perevorota (Los misterios de un golpe de Estado), Moscú, Redaktsia Shtshit Rossii, 1992. Evgueni Shaposhnikov (mariscal): Moi Vybor (Mi opción), Moscú Novy Arbat, 1993.

Las “piedras de sueño”, “de nubes” o “de viaje” (un viaje extático) comenzaron a extraerse en el siglo XVIII de las canteras de mármol de una montana de Tali, en lo que hoy es la provincia china de Hunàn. Sus vetas evocan personajes, animales, paisajes cuyas formas y colores eran definidos por la obra del tallador El reconocimiento de un letrado les daba el nombre, y el de los pintores calígrafos, la categoría de obra de arte. No se trataba, en ningún caso, de un juicio meramente estético: la forma de las piedras y las figuras y signos que aparecen en ellas corresponden a las visiones y los principios del pensamiento taoísta. Un catálogo publicado por el Servicio de la Cultura de la Provincia de Namur y el Salón del Arte de Bruselas es la fuente de las fotografías que se reproducen en este número de Vuelta.

SEPTIEMBRE DE 1995 31