martes, 22 de abril de 2008

¡Pobres cabras!

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martes 11 de enero de 2000
El salto de la cabra
Por ALFONSO USSÍA

La suben entre los quintos al campanario de la iglesia. En la plaza, la muchedumbre se reúne para asistir al denigrante espectáculo. La cabra no entiende de qué va la cosa, pero intuye que nada bueno le va a suceder y mira hacia abajo con tristeza. Se defiende con terror y ello provoca las primeras y sonoras carcajadas. El gentío saca a relucir sus hermosas encías. Cuando lo consideran oportuno, desde lo alto de la iglesia, empujan a la cabra. Y la cabra se precipita, y cae como una piedra, o como una cabra, y se estrella contra el suelo de Manganeses de la Polvorosa. En alguna ocasión ha sobrevivido, y entonces se comenta durante semanas lo duras y fuertes que son las puñeteras cabras. Lo normal es que mueran despanzurradas. En los últimos años, la celebración se había suavizado, y a la cabra le esperaba una lona para amortiguar el golpe. Pero ya no divertía tanto. Este año, ni con lona. Han prohibido el salto de la cabra. La España negra y terrible está de luto.

Progresamos. Al menos, en lo que se refiere a la cabra de Manganeses de la Polvorosa, el año dos mil nos ha traído una buena noticia. Pero llevamos demasiado tiempo empujando cabras desde los campanarios y tendrán que transcurrir algunos años para que nos acostumbremos al feliz aburrimiento de la cordura. Un día le alcanzará la amnistía al novillo fogueado, torturado por la masa festiva y patronal de nuestros pueblos. Persisten muchas costumbres bárbaras porque aún restan en España personas capaces de sustituir al novillo por el alcalde, al toro por el concejal de festejos y al pato decapitado por el delegado gubernativo. Buenas fiestas serán las del rico vino, el baile sin descanso, la pasión abierta y la enagua alzada. En España todo lo bueno ha sido siempre pecado mortal, y de ahí el desahogo con las cabras. Lo dice la coplilla popular. «No te juntes con tu moza / que Dios te castigará. / Que el amor siempre es pecado / antes de matrimoniar». Y claro, lo pagaba la cabra.

Porque de toda la barbaridad del salto de la cabra, el matiz más chocante es precisamente que el punto de lanzamiento del pobre bicho haya sido el campanario de la iglesia. Para acceder a él hay que entrar en la iglesia con la cabra, subirla por las escaleras del recinto sagrado y contar con el permiso del párroco y la autorización del obispado. Los campanarios suelen tener puerta y llave, para impedir bromas y toques a destiempo. Las campanas anunciaban a los lugareños las llamadas, las alegrías y las penas. Marcaban las horas, fijaban las jornadas de trabajo en las eras y mantenían a los pastores unidos a la vida desde la lejanía. Las campanas hacían de pregoneras del alma, y repicando de gozo o doblando de dolor, formaban parte del hábito de los pueblos y las aldeas, siempre bajo el dominio del señor cura, que autorizaba sus ritmos y tonos de acuerdo con la necesidad del momento. De ahí que sorprenda que el más alto lugar de la casa de Dios fuera el elegido para protagonizar la salvajada contra la pobre cabra.

Creo que bajo la brutalidad de muchas de nuestras costumbres vive la represión obsesiva de una moral deformada por la amenaza del pecado. En España, por los siglos de los siglos, el Pecado se escribe con mayúscula. Lo natural, lo sencillo, lo humano, era siempre pecado. Por eso encontramos la forma de divertirnos sin asomarnos al fuego eterno.

Claro, que la cabra no se ha salvado. Sí la de Manganeses de la Polvorosa, que es una cabra específica y nunca reincidente. En la figuración, somos nosotros las cabras que volamos día tras día para terminar despanzurradas en el suelo. Recientemente, el señor obispo de San Sebastián se subió a su campanario particular, y sin encomendarse a Dios ni al Diablo —al segundo no está del todo descartado—, dejó caer a la pobre cabra desde lo alto para que el sector más salvaje de su feligresía lo celebrara con regocijo. El trompazo fue espantoso, pero la cabra sobrevivió. Lo prueba el que esta cabra siga escribiendo, y usted, también cabra lanzada desde el campanario, me haya podido leer.