jueves, 3 de abril de 2008

Umberto Eco y las Cruzadas

Un cronista en las cruzadas

El 14 de julio del año 1099 los cristianos entraron en Jerusalén y causaron 40.000 muertos. El autor de El nombre de la rosa traza una crónica radiofónica de aquellos hechos sangrientos


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Una invasión pacífica, esta vez de turistas, ha comenzado para recordar aquel 15 de julio de 1099 en el que Godofredo de Bouillon entró en Jerusalén cumpliendo el mandato dado por el papa Urbano II al grito de "¡Dios lo quiere!". La proeza, tan efímera como los 88 años que duró el reino cristiano resultante, se saldó con una gran carnicería. Umberto Eco, el célebre escritor y semiólogo italiano, se ha constituido en imaginativo periodista de la radio para recrear aquellos hechos al cabo de 900 años, en una desenfadada crónica que apunta una conclusión de resonancias contemporáneas: la acción pensada para que los cristianos pudieran visitar su ciudad santa tuvo como primer resultado la expulsión de todos los cristianos que habitaban en ella. El foso que abrió entre Oriente y Occidente sigue siendo enorme.



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UMBERTO ECO Catorce de julio, por la mañana. Atención, estudio, ¿me oís? Yo os oigo estupendamente. Muy bien. Aquí Jerusalén, en directo desde el monte Sión, justo en el exterior de los muros. Con las primeras luces del alba se ha iniciado el asalto a la ciudad. Desde el lugar en el que estoy, domino el cuadrado aproximado que forma la muralla; hacia el este veo la antigua explanada del Templo, donde ahora se encuentra la Cúpula de la Roca; al noroeste, la Puerta de Herodes; al noreste, fuera del muro, el monte de los Olivos, y al suroeste, la torre de David. Los muros no sólo son temibles, sino que, por el lado oriental, caen a pico sobre el valle de Cedrón y, por el lado occidental, sobre otro valle. Por consiguiente, las tropas de la alianza cristiana sólo pueden atacar por el suroeste y por el norte.


Ahora que ya ha salido el sol, puedo ver con claridad las grandes torres de madera, las balistas y las catapultas que intentan superar el foso que les separa de la muralla.


Todos recordaréis hasta qué punto ha sido crucial el problema de las máquinas de asedio. La ciudad está rodeada desde el 7 de junio, y el 12 se hizo caso a las palabras de un eremita que profetizaba la victoria inminente, y se intentó un primer asalto. Fue un desastre, y nos dimos cuenta de que el ejército cristiano no poseía los medios suficientes para escalar los muros. Los comandantes lo sabían bien, pero en esta guerra entran en juego diversas presiones. Nobles y caballeros saben que una guerra se libra también mediante las treguas y los compromisos con el enemigo, y, sobre todo, con calma. Pero detrás del ejército va una inmensa muchedumbre de peregrinos, desheredados movidos por impulsos místicos y hambre de pillaje. Son de la misma raza que quienes, hace algunos años, al recorrer el Rin y el Danubio, pasaron a hierro y fuego los guetos judíos. Son gente peligrosa, difícil de controlar.


Jerusalén tomada por barones franceses. (Libro de las Cruzadas)

A mi juicio, ésa ha sido la principal razón del fracaso del 12 de junio. Y por eso ha transcurrido un mes de inmovilidad. De verdadero aburrimiento, porque Istikhar ad-Dawla, gobernador de Jerusalén, había hecho que envenenaran los pozos exteriores (la ciudad, en cambio, dispone de un excelente sistema de cisternas), y los cristianos -sobre todo los que se encuentran oprimidos por pesadas armaduras- no soportaban el calor infernal de la estación y sólo conseguían, a duras penas, hallar un agua fétida. La única agua buena se encontraba hacia el sur, y demasiado cerca de los muros enemigos. Y durante todo ese tiempo era preciso encontrar madera y las herramientas adecuadas para construir las máquinas de asedio. Pero en estos alrededores, las colinas están desnudas, y para hallar madera hacía falta ir lejos. En cuanto a las herramientas, hasta mitad de junio no llegaron al puerto de Jaffa dos galeras genovesas y cuatro navíos ingleses con sogas, clavos, pernos y todo lo necesario para la carpintería de guerra. De forma que sólo ahora estamos en situación de poder atacar con un armamento de gran nivel técnico.


En este momento veo que mueven hacia la muralla tres torres enormes, de tres pisos. Están llenas de soldados, y cada una de ellas es capaz de hacer caer sobre los muros un puente levadizo. El problema consistirá en llegar hasta esos muros, es decir, sortear el foso, a la descubierta y bajo los disparos de los enemigos, una tarea desagradable que costará muchas pérdidas. Así es la guerra.


¿Cuántos son los nuestros? Os parecerá imposible, pero no he conseguido averiguarlo. La alianza cristiana está formada por diversos ejércitos, con distintos jefes que frecuentemente luchan por obtener una posición de prestigio y, por consiguiente, pueden falsear los datos. Además, hay que tener en cuenta a la multitud de peregrinos, y alguien ha hablado incluso de 50.000 personas en total. No obstante, me parece que es una valoración excesiva. El cálculo más generoso habla de 12.000 soldados y 1.300 caballeros; el más mezquino, de 1.000 caballeros y 5.000 hombres armados. Las tropas escogidas de los moros no son más que unos miles de árabes y sudaneses, pero están también los habitantes de la ciudad, todos dispuestos a combatir. Asimismo, Ishtikar ha tenido una idea genial, la de expulsar de la ciudad a todos los cristianos, a los que ahora deben alimentar los nuestros; con ello no sólo se ha librado de bocas hambrientas, sino también de posibles saboteadores. Ha dejado que se queden los judíos, tal vez a cambio de un fuerte rescate, porque, si los arrojaba fuera, nuestros peregrinos les habrían hecho pedazos.


Muchos de nuestros oyentes habrán asumido la idea de que el objetivo de esta expedición es restituir los Santos Lugares para el culto; se asombrarán, por tanto, de que los cristianos pudieran vivir con tranquilidad en Jerusalén, con sus iglesias. Por otro lado, recordaréis que la alianza cristiana ocupó recientemente Belén a petición de la comunidad cristiana de allí, lo cual quiere decir que existía dicha comunidad. En efecto, estamos descubriendo, paso a paso, que en tierra de sarracenos se toleraba más o menos a los cristianos y su culto, así como a los judíos. De manera que estamos asediando una ciudad de infieles para permitir que los cristianos la visiten, y el primer resultado obtenido ha sido la expulsión de los cristianos que habitaban en ella.


No es el único aspecto paradójico de esta guerra, que para algunos se basa en un principio (los Santos Lugares cristianos), para otros es una ocasión de conquista, y para otros, quién sabe qué, una especie de gran fiesta cruel...


Mis informadores me dicen que el ataque está siendo más interesante en el norte, en la Puerta de Herodes. Me monto en un mulo e intento alcanzar el extremo opuesto de la muralla. Cambio y cierro.


Catorce de julio, por la tarde. Atención, estudio, ¿me oís? Bueno, empiezo. He tardado varias horas en llegar a las proximidades de la Puerta de Herodes, no tenía más remedio que mantenerme a bastante distancia de la muralla porque llueven piedras sin cesar. He pasado entre humos de incendios. Llamas en medio de la noche. Algo fascinante y tremendo. Los moros conocen la técnica bizantina del fuego griego, y arrojan constantemente bolas ardiendo sobre las torres. Un momento, ahora tengo que alejarme, los moros han hecho una salida para intentar incendiar nuestras máquinas... Una torre ha empezado a arder, los nuestros intentan salvarse saltando a tierra, pero se ven fustigados por las flechas enemigas. La parte superior de la torre se ha desplomado y ha esparcido nubes de centellas, pero por fortuna ha alcanzado a los moros que entraban de nuevo en la muralla y ha prendido fuego a los batientes de la puerta. Pero ¿por qué los nuestros no mueven todos sus arietes en esa dirección? Alguien me dice que el fuego griego ha alcanzado también a las demás máquinas, que, por hoy, la batalla está perdida y que va a ser preciso pasar la noche reparando las torretas. Cambio y cierro.


15 de julio, por la mañana. No os oigo bien... No, ya está, os oigo, de acuerdo. Parece que hemos logrado reparar la mayor parte de nuestras máquinas, se ha reanudado el ataque, se lanza una lluvia de piedras sobre los muros, nuestros arietes ya han franqueado el foso. El viejo sistema del avance con carretas cubiertas es bueno, pero no infalible; muchos de nuestros valientes caen bajo los golpes que llueven desde lo alto, pero enseguida son sustituidos, mientras nuestras máquinas estremecen Jerusalén desde sus cimientos.


Desde mi nueva situación veo muy bien a Godofredo de Bouillon, que dirige el asalto definitivo desde encima de una torre. Los primeros cristianos saltan ya sobre la muralla, aquí me dicen que se trata de Litoldo y Gilberto de Tournai; Godofredo y los demás les siguen, los moros caen abatidos por sus golpes, algunos saltan desde el muro y se estrellan contra el suelo. Han derribado la Puerta de Herodes -no, quizá la han abierto desde dentro los hombres subidos sobre la escarpa-, y ahora ¡los hombres de la alianza cristiana irrumpen en la ciudad a pie y a caballo!


Me cuentan que alrededor de la Puerta de Sión la batalla arrecia todavía. Un momento, aquí llegan las últimas noticias: al parecer, los provenzales de Raimundo de Saint-Gilles también han conseguido derribar la Puerta de Sión. Raimundo ha tomado al asalto la torre de David y ha capturado a Istikhar con toda su guarnición; le ha perdonado la vida a cambio de un rescate y ha hecho que le acompañe inmediatamente a Ascalón, que aún se encuentra en manos sarracenas. El enemigo está derrotado, ¡victoria! Es un momento histórico; son, milagrosamente, las tres de la tarde, la hora de la pasión de Nuestro Señor. ¡Mágica coincidencia! Ahora intento penetrar tras la masa de los nuestros, que se precipitan hacia el interior de la ciudad, y os aseguro que no es fácil, corro peligro de que me aplasten los caballos. ¿Me oís? Yo no os oigo, pero continúo...


Ya estoy yo también dentro de la muralla de Jerusalén. Me encuentro con montañas de cadáveres de piel oscura que tengo que sortear; y, sin embargo, no debería haberse producido ninguna resistencia después del hundimiento. Entrevisto a un sargento que parece regresar hacia el campo cristiano, cubierto de sangre y con las manos repletas de ricos tejidos. "¿Resistencia? En absoluto, nada más vernos entrar, los malditos pusieron pies en polvorosa y se atrincheraron en la Mezquita de la Roca. Pero el gran Tancredo de Altavilla les sorprendió antes de que pudieran organizar la defensa, y han terminado por rendirse. Tancredo ha izado su estandarte sobre la mezquita para colocarlos bajo su protección". Le pregunto qué significan, entonces, todos esos cadáveres: "Señor mío, ¿de dónde sale? Aquí estamos conquistando una ciudad, y llena de infieles, por añadidura. De modo que se les mata a todos, jóvenes y viejos, hombres, mujeres y niños. Son las reglas, ¿no?" ¿Y los protegidos de Tancredo?, le pregunto. Hace un gesto, y no sé qué quiere decir: "Sabe usted, los señores tienen sus caprichos".


Sigo sin poder avanzar; ahora me arrolla una muchedumbre de moros de todas las edades que huyen en mil direcciones, perseguidos por los nuestros. Perdonadme, me tiembla la voz al referir lo que estoy viendo, pero es que los hombres de la alianza cristiana están degollando a todos sin piedad, ¡oh Dios mío!, algunos arrojan a los niños contra los muros para romperles la cabeza. Y no son sólo los hombres armados, que podrían estar desahogando la tensión del combate, también veo a grupos de peregrinos que se ensañan con los heridos. Un momento... Me llegan noticias de la sinagoga, donde se habían refugiado los judíos que permanecían en la ciudad. Le han prendido fuego y toda la comunidad judía de Jerusalén ha perecido en el incendio. Veo a un viejo fraile que llora: "Es cierto que eran unos infames judíos, pero ¿por qué hacerles morir entre llamas, si de todas formas les aguardaban las llamas del infierno? Nuestros cristianos se han convertido en bestias enloquecidas, ya no obedecen ni siquiera a sus capitanes".


¿Hola? ¿No me oís? Todos los edificios crepitan entre las llamas y se vienen abajo, y se oyen los gritos de las personas a las que pasan a cuchillo. Santo Cristo, ya no aguanto más, nos hablamos mañana, cambio y cierro.


16 de julio. ¿Atención, estudio? Me queda poco que decir. En ocasiones, da vergüenza ser cronista. Tancredo había perdonado la vida a los moros del templo, pero otro grupo de locos (se dice que son flamencos, pero no lo sé) ha desobedecido hoy sus órdenes y también allí se ha producido una matanza. Entre los caballeros, alguno acusa de traición a Raimundo de Saint-Gilles porque ha perdonado la vida a Istikhar. Todos parecen haber perdido el juicio, la sangre se sube a la cabeza. Estoy hablando con Raimundo de Aguilers: "Alrededor del Templo, la sangre llega a las rodillas. Tancredo está furioso, se siente deshonrado por haber faltado a su palabra, pero no es culpa suya. No creo que quede un moro ni un judío vivo en Jerusalén". Le pido un cálculo, ¿cuántas víctimas en total? Apunta la cifra de 70.000 muertos, pero creo que exagera; está trastornado. Por lo que he podido saber, después de la expulsión de los cristianos habían permanecido en la ciudad unos cuantos miles de hombres de la guarnición, además de 50.000 habitantes. Corre la voz de que alguno ha conseguido huir a través de las brechas en la muralla. En conjunto, se puede decir que en estas dos jornadas han muerto 40.000 personas. Puede que un día se diga que eran menos, que en dos días no se puede hacer una carnicería de esas dimensiones. Pero a mi alrededor hay un mar de cadáveres, y el hedor, bajo el sol, es ya espantoso.


Un monje con el que he hablado esta mañana me ha destacado que esta matanza equivale a una derrota. Si se pretende constituir en estas tierras un reino cristiano, debería ser posible contar con la aceptación de los habitantes musulmanes y la tolerancia de los reinos vecinos. Y con este exterminio se ha abierto una zanja de odio entre moros y cristianos que durará años, tal vez siglos. La conquista de Jerusalén no es el final, sino el principio de una larguísima guerra.


Alto. Acabo de enterarme de que ayer, en plena matanza, Tancredo de Altavilla, Roberto de Flandes, Gastón de Bearn, Raimundo de Tolosa, Roberto de Normandía y todos los demás capitanes se dirigieron en un enorme cortejo, con gran devoción, a rendir las armas ante el Santo Sepulcro y a adorarlo, en cumplimiento de su voto (por usar las palabras atribuidas a Godofredo de Bouillon). Al parecer, fue una ceremonia muy conmovedora tras la que todos se sintieron más buenos.


Siento haberme perdido la exclusiva, pero en medio de la carnicería no conseguí encontrar el camino. Aquí, Jerusalén liberada; os paso la palabra, estudio.



Una ciudad en el centro de todas las discordias Desde Constantino hasta Heraclio, durante 300 años, Oriente Próximo fue cristiano. Luego, el islam impuso su ley durante cuatro siglos. Hasta el 27 de noviembre de 1095. En esa fecha, en el Concilio de Clermont-Ferrand, el papa Urbano II, que moriría unos días después de la toma de Jerusalén, de la que no llegó a enterarse, lanzó su histórico grito ("¡Dios lo quiere!") para justificar la proclamación de la Cruzada. Un inmenso ejército agrupado bajo la enseña pontificia e inflamado de fe y de codicia atravesó el mundo desde Occidente hacia Oriente. A su paso fueron barridos todos los pueblos mediterráneos que usaban alfabetos no latinos: los judíos de Alemania, los eslavos de los Balcanes, los turcos... El 7 de junio de 1099, después de tres años de marcha, aquella horda divisó la Ciudad Santa desde lo alto del monte de la Alegría.

Godofredo de Bouillon, duque de Lorena, había vendido todos sus bienes antes de embarcarse en la empresa. El 15 de julio, subido en un castillo de madera sobre ruedas, consiguió tomar la Puerta de las Flores y permitir que todo el ejército cruzado irrumpiera sangrientamente en la ciudad a través de la Puerta de Damasco. Este gesto, unido a su modestia y a su fe religiosa, le valieron el reino de Jerusalén. Con humildad, prefirió rechazar el título monárquico y denominarse Advocatus Santi Sepulchri.

Aquel reino duró exactamente 88 años. Durante este tiempo, los colonos europeos convirtieron en una iglesia la Cúpula de Oro sobre la roca del sacrificio de Isaac, que había levantado el califa Omar en el año 638 para señalar el lugar en el que, según el Corán, Mahoma rezó en unión de Abraham, Moisés y Jesús antes de ascender a los cielos. También transformaron en palacio templario la mezquita de Al-Aqsa, erigida por el califa sobre los cimientos del Templo de Salomón. Y, a pesar de las numerosas iglesias y castillos que construyeron y aún pueden verse hoy, jamás se mezclaron con la población del lugar.

El 4 de julio de 1187, en la garganta de Hittin, el kurdo Yusuf ibn Ayyub Salah al Din (1138-1193), más conocido en los libros de historia por el sobrenombre de Saladino, sultán de Egipto y Siria, artífice de una unidad musulmana que abarcaba desde Yemen hasta Egipto y fundador de la dinastía de los ayubíes, exterminó al ejército cristiano, formado por 1.200 caballeros y 15.000 infantes. Además, los infieles capturaron a rey Guido de Lusiñán (que había sucedido a Godofredo, a Balduino IV y a su sobrino Balduino V), mataron al obispo de Acre y, aún más grave, se apoderaron de la reliquia del leño de la Santa Cruz. Tras la batalla, Saladino congregó a los Templarios y Hospitalarios, monjes caballeros de Tierra Santa, y ordenó que allí mismo fueran pasados todos a cuchillo.

El 2 de octubre, el caudillo kurdo entró en Jerusalén, purificó los lugares sagrados del islam con agua de rosas y entregó las llaves de la iglesia del Santo Sepulcro a una familia musulmana cuyo descendiente, Waji Nusseibe, aún las conserva.

A pesar de las sucesivas aventuras de los cruzados, Jerusalén no volvió a tener un rey cristiano, si exceptuamos dos anécdotas históricas: la autoproclamación del emperador excomulgado Federico II en 1229 y la bravucona entrada del general Allenby por la puerta de Jaffa en 1917.

Las Cruzadas cavaron un foso entre Oriente y Occidente que aún hoy permanece abierto. Ahora la ciudad de Jerusalén tiene 600.000 habitantes; de ellos, casi 450.000 son judíos, y 140.000, musulmanes. Sólo hay 14.000 cristianos, divididos en 30 confesiones distintas.

© Umberto Eco / La Repubblica


EL PAIS DIGITAL -Lunes 19 julio 1999 - Nº 1172