viernes, 27 de junio de 2008

EL MODELO BIZANTINO DE PODER

¿Por qué gana Putin?

Sergei Kovalev

Debo empezar por decir que el actual presidente de Rusia y sus políticas me resultan del todo aborrecibles. Creo que Vladimir Putin es la figura más siniestra de la historia coetánea de Rusia. Desde el principio mismo de su mandato ha dirigido "y casi concluido ya" una amplia contrarrevolución antidemocrática en Rusia. Ha aniquilado muchos derechos civiles en el país, entre ellos algunas libertades tan esenciales como la libertad de información. Ha restringido considerablemente la libertad de asociación y reunión, así como el derecho a organizar marchas, protestas o manifestaciones de carácter pacífico.

El gobierno Putin ha aplicado de manera constante una política de amordazamiento de la oposición política y ha procurado con ahínco poner ilegalmente bajo su control algunas actividades de carácter independiente y no político de la sociedad civil. Tengo la convicción de que ha desbaratado el concepto mismo de una judicatura independiente. Con conocimiento y asentimiento de Putin, y muy probablemente por orden directa de él, se han impuesto penas de cárcel duras, injustas y políticamente motivadas a decenas de mis conciudadanos. Por consiguiente, es directamente responsable de la aparición de una nueva generación de presos políticos en Rusia.

El presidente ruso es en teoría el "garante de la Constitución", pero el hombre que ha jurado respetar los derechos civiles y las libertades en nuestro país ha cometido muchos graves actos de trasgresión que vulneran de manera flagrante el espíritu y la letra de la Constitución a la que ha jurado lealtad tres veces. Por dar un solo ejemplo, sustituyó la estructura federal del país por un modelo de gobierno estrictamente unitario con el poder concentrado en el Kremlin, quedando los gobiernos regionales subordinados a él a todos los efectos. Al margen del modelo que cada uno considere mejor para Rusia, éste es un caso claro en que el Presidente ha pisoteado los principios constitucionales. Putin es también responsable del asesinato multitudinario de población civil pacífica en Chechenia; y en política exterior ha recuperado los perniciosos conceptos soviéticos de estar "rodeados de enemigos" y de una "conjura mundial contra Rusia".

El lector atento estará, sin duda, bien informado, aunque no con profundidad y pormenor, sobre éstas y otras realidades políticas de la Rusia actual, que son con frecuencia reflejadas por la prensa occidental, y no seguiré insistiendo en ellas. Voy a intentar, por el contrario, explicar "tanto a mí mismo como al lector" el secreto de la popularidad de Vladimir Putin. ¿Cómo hay que entender el éxito electoral de Putin en 2000 y, nuevamente, en 2004? No se trata simplemente de una pregunta académica. En Occidente, pero también en Rusia "incluso entre personas de ideas afines a las mías" oigo a menudo lo siguiente: "Bueno, sí, el presidente ruso es un personaje desagradable. Vemos la dirección autoritaria, casi totalitaria, de su política. Pero ¿qué le vamos a hacer? Ha ganado dos elecciones con resultados impresionantes: 53% en 2000 y 71% en 2004. Eso debe significar que su política se corresponde con las esperanzas y aspiraciones de los ciudadanos, y que él, nos guste o no, realmente representa a Rusia. ¿O realmente cree que las dos elecciones han estado tan seriamente falsificadas como para afectar a los resultados?"”

Los norteamericanos en particular utilizan este tipo de razonamiento, pues es acorde con su idea de elecciones libres y competitivas como principal criterio para determinar si un país dado es o no una democracia. Yo no creo que Putin "realmente" perdiera las elecciones en 2000 y en 2004. Lo ocurrido ha sido, más bien, que las leyes electorales rusas han quedado tan descaradamente distorsionadas que han creado una simulación de elecciones libres sin el más leve indicio de competencia transparente entre candidatos políticos opuestos. Putin habría ganado las campañas de 2000 y 2004 "aunque quizá no con márgenes tan amplios e indecorosos" incluso si hubieran estado totalmente libres de la manipulación de votos y del uso ilegal de los llamados "recursos administrativos", y si los candidatos hubieran tenido en efecto igual acceso a los votantes a través de la televisión y la prensa.

Pero ¿a favor de qué votó realmente la mayoría de los ciudadanos rusos en esas dos elecciones? ¿Fue efectivamente a favor de Putin y sus políticas, o a favor de otra cosa? Al responder a estas preguntas debo decir que no sé exactamente qué responsabilidad personal le cabe a Vladimir Putin por las medidas políticas aplicadas en su nombre. Cuando escribo "Putin" me refiero principalmente a las políticas de toda la red de conceptos políticos generados en las entrañas del KGB, hoy llamado FSB. No estoy hablando del ex teniente coronel llamado Vladimir Putin personalmente; es un hombre a quien no conozco ni tengo ganas de conocer.

Entiendo perfectamente bien, además, que Putin y el putinismo son producto de los "desaforados años noventa"”; que, en muchos sentidos, su política continúa y desarrolla tendencias ya existentes con Boris Yeltsin, tendencias que fueron extremándose hacia el final del régimen de Yeltsin cuando éste (un políticos sincero pero extremadamente confuso e incongruente, que entendía sólo vagamente las transformaciones que se iniciaron bajo su mandato) empezó a perder el control de los acontecimientos. Pero la cuestión ahora es por qué ha prevalecido el putinismo sobre otras posibles vías de evolución política en Rusia.

Nuestra indagación no debe iniciarse en agosto de 1999, cuando el presidente Yeltsin nombró inesperadamente para el cargo de Primer Ministro a un oficial poco conocido de los servicios secretos que había dirigido brevemente el FSB. Tenemos que volver, por el contrario, a los sucesos que conmocionaron a Rusia exactamente ocho años antes. El fracaso demoledor del golpe que tuvo lugar en agosto de 1991 fue recibido con auténtico júbilo popular. Los moscovitas, apoyados por gente de toda Rusia, frustraron un intento armado de un grupo de líderes del Partido Comunista para tomar el poder, desbaratar la democracia e interrumpir desmantelamiento del sistem político soviético. El resultado fue exactamente el contrario de lo que pretendían los golpistas: el régimen que había controlado una tercera parte del planeta que había parecido tan eterno como las pirámides de Egipto, quedó relegado al pasado; creímos entonces que era para siempre.

Al día siguiente mismo, Boris Yeltsin, a la sazón presidente de la República Rusa, declaró confiado que el futuro democrático y la prosperidad de Rusia estaban asegurados. Muchos entendieron, sin duda, que democracia no triunfaría inmediatamente; ni el nivel de vida subiría hasta estándares norteamericanos. Era evidente que derrumbamiento de un gran Estado sería un proceso extremadamente doloroso y difícil. Pero nadie previó el enorme incremento de la inflación sólo un año después; ni que los tanques bajo el mando de Yeltsin iban disparar contra el parlamento dos años después; ni que Grozny, capital de Chechenia, quedaría reducida a ruinas llameantes en 1995.

Tampoco previmos el alto nivel de corrupción del gobierno Yeltsin desde la cima a la base, ni la fusión de las empresas, del sector público y del privado, con el crimen organizado. Ni nadie imaginó el grado en que el gobierno iba a incurrir en actos delictivos; ni los "retrasos" de meses enteros en el pago de sueldos y pensiones. ¡Ni tantas otras cosas! No podíamos imaginar que unos seis u ocho años después las palabras "democracia", "pluralismo", "sistema multipartidista" o "derechos humanos" serían utilizadas como obscenidades por los rusos.

En agosto de 1991 ¿quién podría haber pronosticado que para el 31 de diciembre de 1999 un Yeltsin quebrantado, prematuramente decrépito, se despediría y pediría perdón a su país en su discurso de Año Nuevo, y que su puesto estaría pronto ocupado por un producto de los mismos servicios secretos que Yeltsin y otros "vencedores" del 21 de agosto de 1991 vieron como símbolo y centro del mal absoluto? ¿Y que la totalidad del país, excepto un puñado de intelectuales y políticos demócratas, aplaudiría este giro de los acontecimientos?

Según la Constitución rusa, si el Presidente dimite es sustituido por el Primer Ministro. Sólo tres meses después de la dimisión de Yeltsin el primer ministro Putin, presidente en funciones que no había hecho gran cosa digna de mención salvo provocar la segunda guerra chechena, ganó las elecciones presidenciales en la primera vuelta, derrotando no sólo a los demócratas, cuya popularidad iba en rápido descenso, sino también al principal payaso del circo político ruso, al demagogo nacionalista Vladimir Zhirinovsky. También derrotó fácilmente al líder del Partido Comunista, Gennady Ziuganov, que quedó en segundo lugar. Sólo tres años después, en diciembre de 2003, el "Partido de Putin", conocido como "Rusia Unida", obtuvo puestos decisivos en la Duma de Estado, de la que los votantes expulsaron a dos grupos democráticos, la Unión de Fuerzas de Derecha y Yabloko.

Los analistas rusos y extranjeros ofrecen diversas explicaciones del extraordinario "fenómeno Putin". La primera es que Putin dio a los ciudadanos rusos lo que habían estado anhelando después de las continuas catástrofes de la década de 1990: un sentimiento de relativa estabilidad y relativa seguridad. Hay algo de verdad en esta hipótesis. Los sueldos se están pagando casi siempre a tiempo; se ha contenido el descenso de la economía y hay incluso indicios de crecimiento; las pensiones y los pagos de prestaciones sociales están aumentando, aunque siguen distando de ser suficientes para procurar una vida digna. El porcentaje de ciudadanos que vive por debajo de la línea de pobreza se ha reducido. La resistencia armada de los separatistas chechenos ha sido casi totalmente eliminada. No ha habido ataques terroristas desde hace algún tiempo.

Pero ¿hasta qué punto exactamente es estable la actual situación? Tengo la certeza de que la supresión sangrienta del separatismo checheno ha creado una mecha que arde lentamente en el sur de Rusia, y que la bomba que hay al final de la mecha terminará por estallar. Muchos economistas afirman que el vigente nivel de bienestar resulta de la convergencia de varias circunstancias que no pueden durar mucho tiempo. Otros dicen que nuestra estabilidad económica es realmente estancamiento, que la situación social y económica aparentemente favorable se basa exclusivamente en la exportación de petróleo y gas, y que Rusia acabará con el tiempo arrojada a las filas del tercer mundo. Pongamos por caso que mi pronóstico sobre el Cáucaso es erróneo, que los economistas se equivocan también cuando predicen un futuro negro para Rusia, y que la nación tiene que agradecer al gobierno el actual sentimiento de seguridad y relativa prosperidad; aunque no veo qué actos en concreto del equipo de Putin han podido lograr estos resultados.

Lo que está claro es que estos logros no consiguen tampoco explicar los éxitos electorales de Putin. Si bien en marzo de 2004 pudieron ser utilizados como propaganda electoral, en marzo de 2000 Putin no había estado en el poder el tiempo suficiente para revelarse como un buen líder. Lo único que podía alegar eran cinco meses como Primer Ministro bajo la jefatura de Yeltsin, tres meses como Presidente en funciones, y la reanudación de la guerra en el Cáucaso.

La guerra fue auténticamente popular entre los votantes y sin duda tuvo un enorme efecto en las elecciones. La opinión pública aceptó fácilmente la versión oficial de que los chechenos habían sido responsables del bárbaro bombardeo de bloques de viviendas en Moscú y Volgodonsk en 1999, especialmente porque estos hechos estuvieron precedidos por las incursiones en Daguestán del líder checheno Shamil Basaev y su banda de "guerreros internacionales del islam". Putin parecía claramente un hombre de gran energía. Rompiendo una tradición de un siglo, se le había otorgado autoridad para tomar decisiones políticas, y al instante se ganó al hombre de la calle con su enconada represalia en Chechenia. Quienes se oponían a que se reanudara la guerra chechena, sencillamente no pudieron ya ser oídos. ¿Fue quizá éste el momento en que se produjo el triunfal nacimiento del ídolo del pueblo?

Fuera lo que fuera lo prometido por Putin a la población a comienzos del 2000 "estabilidad, prosperidad, represalias contra los terroristas, rápida victoria sobre el separatismo" sus rivales prometieron lo mismo. Entre ellos estaba Ziuganov (que también prometió justicia social), Gregory Yavlinsky y Zhirinovsky. (Yavlinsky, sin embargo, habló valientemente contra una solución militar al problema checheno. Y pagó por ello perdiendo un gran número de votos). ¿Por qué prefirieron los votantes a un coronel poco agraciado con ojos de pez?

Algunas veces los analistas explican el éxito de Putin diciendo que no fue un voto "para" sino un voto "en contra": en contra de la caótica confusión del período final de Yeltsin; en contra de los "demócratas". Cuando los rusos utilizan la palabra "demócrata" con clara repugnancia, no están pensando en el concepto de soberanía popular; la gente es, en general, desdeñosamente indiferente a las ideas. Los asesores del Presidente, por su parte, se esfuerzan para emplear una retórica democrática: Putin, dicen, es un verdadero líder "del pueblo"”; la "mayoría" está con él. Putin personifica una democracia auténticamente rusa, "distinta"; y no así Egor Gaidar, Anatoly Chubais, Boris Nemstov, Grigory Yavlinsky, Irina Jakamada, Sergei Kovalev y todos los demás detestados "demócratas". Lo que diferencia a estas figuras políticas entre sí, nuestra influencia real, o ausencia de influencia, en los acontecimientos políticos de la década de 1990, no tiene el menor interés para las masas. Lo importantes es que los "demócratas" "trajeron la ruina al país", lo entregaron para ser esquilmado por saqueadores y por Estados Unidos.

Yo creo, por el contrario, que las catástrofes de los años noventa fueron consecuencia de la falta de auténtica libertad en el país. El problema en lo que hace al primer equipo de políticos y administradores de Yeltsin no es que fueran ineficaces en tanto que demócratas, sino que en verdad no eran demócratas en absoluto. Por eso me pasé yo a la oposición en 1995. Si yo pensara que Putin fue elegido por los ciudadanos como revancha por los muchos fracasos y errores de ese periodo no aprobaría esta clase de "voto de protesta"; lo entendería, no obstante. Pero no fue elegido por eso.

En realidad, Putin fue seleccionado como candidato a la presidencia en tanto que miembro del equipo de Yeltsin, como su "heredero". Y aquí nos encontramos ante una paradoja: en 1999 Yeltsin no tenía apoyo entre la elite política ni entre la población en general: su valoración en los sondeos de opinión no podía ser más baja. Cabría especular que el hecho mismo de ser respaldado por Yeltsin habría reducido a cero las posibilidades de Putin. Y sin embargo el heredero nombrado por Yeltsin dejó muy atrás a los demás candidatos en la primera vuelta.

Es más: aun hoy, pese a que los "demócratas" son considerados impopulares, Putin insiste en calificar su modelo de gobierno como "democracia", aunque lo matiza con calificativos ambiguos concebidos por su trust de cerebros. La democracia putinista es o bien "dirigida" (el autor de este oxímoron parece haber sido el consultor político Gleb Pavlovsky) o "soberana" (una palabra recomendada por el vicedirector de la administración presidencial, Vladislav Surkov). Estos calificativos tienen la finalidad de subrayar nuestra originalidad, nuestra identidad rusa. Lo cierto es, claro está, que lo que hacen es socavar la idea misma de democracia; ¿pero cuántas veces se plantea la gente en serio el verdadero significado de los adjetivos políticos? Nos han machado con la palabra "democracia" desde la época soviética, cuando solía ir acompañada del adjetivo "socialista". A estas alturas, lógicamente, hasta el más torpe ha comprendido que la palabra "democracia" según la utiliza Putin significa algo muy diferente que cuando la utilizan traidores a la Patria como Sergei Kovalev.

Una tercera explicación de la popularidad de Putin es la nostalgia del pasado soviético. Según esta argumentación, la gente echaba de menos el régimen soviético y todo aquello que lo simbolizaba. Y cuál era la esencia del régimen soviético: el KGB, aquellos valientes chequistas que protegían al Estado
del enemigo exterior e interior. Por ello, llevados por la nostalgia, eligieron a un coronel del KGB como jefe. Y éste, a su vez, restauró los mitos fomentados por la policía secreta soviética, desde la Checa en adelante: el país está "rodeado de enemigos" e infiltrado por "quintacolumnistas", un papel actualmente asignado a organizaciones no gubernamentales, especialmente las relacionadas con los medios de comunicación y con los derechos humanos, puesto que se presume que actúan a órdenes de subversivos centros exteriores. (Algunas reciben subvenciones de fundaciones extranjeras). Putin también ha resucitado los viejos símbolos soviéticos: el himno nacional estalinista, la bandera roja del Ejército. Son muchos los que se alegran de que lo haya hecho.

Esta hipótesis tiene también su parte de verdad. Imagino que, efectivamente, la gente sentía nostalgia, no tanto del pasado soviético como de una historia nacional. En los últimos decenios soviéticos el mito se basaba en la creación de una nueva comunidad histórica, "el pueblo soviético". A diferencia de la ideología soviética de los primeros tiempos, este engendro de la era Brezhnev no dirigía la mirada al futuro (es decir, somos los comuneros, la vanguardia de la humanidad oprimida que luchamos por la era brillante y luminosa que ha de venir) sino al pasado. La respuesta a la pregunta "¿quiénes somos?" decía así: "Somos un pueblo que ha soportado sufrimientos inhumanos en el siglo xx; pero avanzamos prestos de victoria en victoria. Sufrimos pérdidas inauditas durante la guerra; pero, dirigidos por el Partido Comunista, salvamos al mundo del nazismo. Después encontramos fuerzas para construir una superpotencia, para enviar al primer hombre al espacio y para lograr paridad nuclear con la otra superpotencia: los Estados Unidos. Esta es nuestra identidad nacional".

Es evidente que algo hay de verdad en esta fórmula. Pero la pretensión de un papel benéfico del Partido Comunista es simplemente una mentira. Las principales falsedades están en los silencios, en las omisiones. El salvar al mundo del nazismo devino en la esclavización de la Europa del Este y en una nueva amenaza global de expansión comunista. No se suponía que nadie mencionara los terribles padecimientos de los ciudadanos soviéticos: el terror de Estado, la persecución de la disidencia, la colectivización del campo y la subsiguiente hambruna, las colosales pérdidas durante la guerra, los modos en que el Partido pagó sus victorias con la vida y el destino de millones de personas.

Este mito se derrumbó junto a la URRS. Los ciudadanos de Rusia, la porción mayor de la ex superpotencia, quedaron en el aire, su identidad nacional confusa. Desafortunadamente, en los años noventa los demócratas no entendieron hasta qué punto era importante estudiar y abordar honradamente el pasado soviético para definir una identidad nacional y aunar los diferentes elementos de la sociedad rusa. En aquel momento parecía que los únicos que estaban pensando en esa cuestión en Rusia eran la Sociedad Memorial y unas cuantas organizaciones similares más. Las cosas llegaron al absurdo total cuando Yeltsin dio un plazo de cuatro meses a la Academia Rusa de Ciencias para crear una "idea nacional". La mayoría simplemente volvió la espalda a los problemas de memoria histórica o tuvo miedo de hacerles frente, prefiriendo pretender que el 22 de agosto de 1991 seguía de manera inmediata al 25 de octubre de 1917. Pero Putin entendió perfectamente la importancia de la retórica histórica en la política. (A veces me parece sorprendente que trabajara en la sección exterior del KGB y no en la Quinto Directorio, el "ideológico"). Al acceder al poder, empezó a inculcar su propia mitología histórica: los viejos mitos soviéticos meticulosamente depurados de fraseología comunista y del tono trágico de las manifestaciones de Brezhnev. Por ejemplo, Putin sustituyó la memoria de la guerra y sus sacrificios "énfasis central del mito de Brezhnev, su teodicea" por la memoria de la Victoria.

La nueva generación educada bajo la influencia de la mitología de Putin es temible. Para mí, está personificada en las multitudes de jóvenes que recorren las estaciones del metro el 9 de mayo Día de la Victoria, el día que marcó el fin de la II Guerra Mundial, gritando "¡RU-SIA! ¡RU-SIA!". No entienden que están comportándose como fascistas; por el contrario, se consideran los nietos de los vencedores de Hitler; y lo más aterrador es que son, de hecho, nietos de la generación que luchó contra Hitler, y están traicionando ese legado.

Putin ha creado en efecto un mito del Estado imperial un mito derivado de elementos de la historia rusa pre-revolucionaria y del pasado soviético– que viene a sustituir a la memoria histórica. Había deseos de este tipo de mito sustitutorio y él lo proporcionó, vinculando así su propio régimen a una larga tradición rusa de gobierno autoritario. Su popularidad se debe en buena parte a esto. Pero lo que no hace Putin es aparecer como "restaurador" de la visión soviética del mundo. En 2000 ese papel lo adoptó el líder de los comunistas, Ziuganov, y sólo obtuvo el 29% de los votos. En lugar de restaurar esa visión del mundo, Putin ha propuesto hábilmente una versión moderna de la misma. Pero no lo hizo hasta después de las elecciones del 2000.

Finalmente, llegamos a la cuarta explicación. Es un tanto mística, pero se expresa a menudo en conversaciones privadas y en artículos de prensa. La popularidad de Putin surge de su "carisma"”. Nadie parece poder explicar de modo coherente en qué consiste exactamente ese carisma; lo único claro es que en este caso no puede reducirse simplemente a atractivo masculino o a su talante público, que, no obstante, parece inspirar confianza en el ciudadano de a pie. Sin embargo, cuando utiliza expresiones como "ahogarlos en mierda" (sobre los separatistas chechenos) o le dice a un periodista extranjero "anda y que te circunciden" no parece precisamente carismático.

¿Es el 71% de los votos que obtuvo en 2004 evidencia convincente de su popularidad? Estoy por conocer a una persona a quien Putin le caiga bien como persona. Una respuesta al enigma de su éxito electoral es muy sencilla y muy triste. Prácticamente por primera vez en la historia, los ciudadanos rusos tuvieron acceso al instrumento primario de la democracia política: unas elecciones directas y competitivas. Pero no saben por qué necesitan este instrumento ni cómo utilizarlo. Mil cien años de historia nos han enseñado solamente dos relaciones posibles con la autoridad: sumisión y revuelta. La idea de sustituir pacíficamente a nuestro gobernante mediante un proceso legal sigue siendo una idea extravagante y ajena a nosotros. Los poderes fácticos están por encima de la ley y son inamovibles mediante la ley. Derribarlos es algo que entendemos. Pero, por el momento, no queremos. Ya hemos tenido revolución de sobra.

Recordemos las últimas elecciones de Yeltsin, las de 1996. Al iniciarse la campaña, las encuestas de opinión le daban entre un 5 y un 10% en intención de voto, lo cual era un reflejo preciso de lo que la gente pensaba de él. Pero a medida que fueron acercándose las elecciones, cuando se hizo evidente que la cuestión era si Yeltsin iba a permanecer como Padrecito Zar o había llegado el momento de deshacerse de él, la situación cambió. Los ciudadanos no querían realmente la revuelta: acababan de sublevarse con éxito contra los comunistas, y no tenían energías suficientes para una nueva convulsión. Así que volvieron a votar a Yeltsin: podía ser impopular y hasta aborrecido, pero era, no obstante, el Presidente. La intensa campaña propagandística orquestada en la prensa y la televisión ayudó, claro está.

Tampoco se habían generado energías levantiscas para marzo de 2000, pese a los quebrantos sufridos por Rusia en los cuatro años anteriores: los constantes cambios ministeriales de Yeltsin, el desplome del rublo en 1998, el intento de someter a Yeltsin a un voto de censura en mayo de 1999, y otros infortunios. En vísperas de las elecciones presidenciales, Putin no era sólo primer ministro, sino príncipe regente, un jefe del Estado en funciones. El pasado chequista de Putin resultó conveniente: desde tiempo inmemorial la policía secreta ha encarnado la autoridad en Rusia; y el pretendiente estaba respaldado por la fuerza de ese poder misterioso, casi místico. Putin representaba simultáneamente el poder del Estado oficial "como Presidente en funciones"– y, en tanto que chequista, su esencia íntima. La gente no sólo votó a Putin; votó a favor del cetro y el orbe "–los símbolos del poder zarista" y también de la espada y el escudo, los emblemas de la Checa-KGB.

Inmediatamente después de la tragedia del bombardeo de un edificio de viviendas en 1999, fue públicamente expresada la sospecha de que los actos terroristas de Moscú y Volgodonsk estaban instigados por las fuerzas especiales rusas con objeto de crear un casus belli para reanudar la guerra en Chechenia, dando a Putin la oportunidad de demostrar su firmeza. No es éste el lugar para analizar si estas sospechas estaban o no fundadas. Lo importante es que las autoridades no hicieron absolutamente nada para refutarlas. Más aún, el electorado reaccionó con total y absoluta
indiferencia. Yo he conocido personas convencidas de que las acusaciones eran veraces y votaron a favor de Putin con igual convicción. Su lógica es simple: los auténticos mandatarios detentan la clase de poder que puede hacer cualquier cosa, incluido el cometer delitos. El nuevo jefe del país había demostrado que tenía lo que hay que tener.

Las crecientes sospechas de que las fuerzasespeciales han estado implicadas en una serie de asesinatos políticos, entre ellos las muertes de la periodista Anna Politkovskaya y del exiliado ex agente del FSB Alexander Litvinenko, se parecen a las acusaciones que se hicieron en 1998. Entonces, las autoridades no hicieron el menor intento de desmentir aquellas denuncias de la única forma que habría sido convincente: con una investigación transparente y escrupulosa. Los tribunales de Qatar determinaron en su día que el asesinato en este país del líder separatista checheno Zelimjan Yandarbiev se debió a agentes de las fuerzas especiales rusas. Pero ¿han causado el menor daño a la imagen del gobierno estos hechos o la demostración de "firmeza" del Presidente en su brutal respuesta a dos actos terroristas masivos: la toma de un teatro en Moscú en 2002 y de la escuela de Beslan en 2004? ¿Pese a que murieron cientos de personas inocentes? Lo dudo mucho; más probable es lo contrario.

Hacia 2004 los conceptos de "poder absoluto"” y "fuerzas especiales" se han habían fundido, a todos los efectos, con el águila bicéfala de la monarquía, al igual que el himno soviético (enriquecido con las palabras "Patria" y "Dios"). El equipo de Putin llevó a cabo con rapidez su tarea más importante "hacerse con la televisión" y, una vez conseguido, el país quedó sometido a una propaganda invasiva, incesante, que era mucho más hábil, eficaz y omnicomprensiva que todo lo concebido por los soviéticos. Los medios de comunicación de masas han machacado implacablemente con imágenes de Putin como líder carismático al frente de un renacer nacional, mientras se pinta el putinismo como garante de la estabilidad y el orden. Lo que han hecho es grabar los valores del Estado imperial en la mente social: han caricaturizado y trivializado insistentemente cualquier concepto alternativo de desarrollo de Rusia, especialmente los inspirados en los valores de libertad y de democracia auténtica, en lugar de "dirigida". En suma: las diversas hipótesis sobre la popularidad de Putin han dejado de ser explicaciones parciales para convertirse en una realidad única, dominante y aplastante.

Los ingredientes ideológicos del putinismo existían en la conciencia de una parte de la población mucho antes de que comenzara el mando de Putin; su "equipo" los transformó en útil propaganda moderna y las relanzó agresivamente a todo el país. Al parecer, esta campaña propagandística ha tenido éxito; sobre todo entre los jóvenes. Los miembros de la elite política son aún más profundamente afectos que las masas a la idea del dominio inmutable de los poderes fácticos, porque es su propia posición la que está en juego. Pero infundir los valores del Estado imperial en la mentalidad pública no es más que un objetivo intermedio para el establishment político ruso. El objetivo principal es erradicar enteramente de Rusia los mecanismos europeos de transferencia de poder, y consolidar el modelo bizantino de sucesión.

Por esa razón, poco importa realmente cuál sea el desenlace de los actuales interrogantes en torno a los distintos "escenarios" para las elecciones presidenciales de 2008. En realidad, parece ser que ya ha sido elegido un escenario: Putin simplemente pasará del cargo de Presidente al de Primer Ministro, y se llevará a cabo una correspondiente reasignación de autoridad al cargo de Primer Ministro. Ello significa que en 2008 no será el "pretendiente" o siquiera un "heredero" quien gane las elecciones, sino una evidente figura decorativa.

¿Qué hacer si uno no puede aceptar el sistema bizantino de poder? ¿Volver a las catacumbas? ¿Esperar hasta que se haya acumulado suficiente energía para otra revuelta? ¿Intentar acelerar la revuelta, presentando con ello otra "amenaza naranja", que Putin y sus aliados han utilizado, desde las elecciones de 2004 en Ucrania, para asustar a la gente y a ellos mismos? ¿Procurar centrarse en las demandas de unas elecciones limpias? ¿Llevar adelante una complicada labor de educación, con objeto de cambiar gradualmente las opiniones de los ciudadanos?

Cada uno tendrá que decidir lo que cree mejor. Imagino "con pena y con certeza" que el sistema de poder bizantino ha triunfado para el futuro previsible en Rusia. Es demasiado tarde para eliminarlo del poder mediante un proceso democrático normal, porque los mecanismos democráticos han sido liquidados, transformados en pura emulación. Me temo que pocos de nosotros viviremos para ver la reinstauración de la libertad y la democracia en Rusia.

25 de octubre de 2007

Traducción: Eva Rodríguez Halffter. © The New York Review of Books.
Sergei Kovalev es presidente del Instituto para Derechos humanos en Moscú.
Nº 179 - CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA