miércoles, 18 de junio de 2008

La represión en Chechenia

EL MUNDO
Jueves, 17 de febrero de 2000
ANNE NIVAT. Libération/EL MUNDO

MOSCU.- «¿Dónde está el dueño de la casa?», chilla en ruso una voz masculina la mañana del lunes 7 de febrero, una mañana que brilla con el hielo y con la luz, cuando pasan unos minutos de las ocho. Miro por la ventana de la cocina, donde estaba poniendo agua a hervir para el té y veo una quincena de siluetas en uniforme de camuflaje, con sus pasamontañas negros, el torso lleno de municiones, empuñando el kalashnikov y con el dedo en el gatillo. Salgo corriendo hacia la habitación en la que duerme la hermana de la mujer de mi anfitrión.

Todos están dormidos en la casa. Tengo que despertarlos lo antes posible. «Los rusos están en el patio», le digo a Tabarka, que se levanta y se pone una cazadora sobre la falda con la que se acostó (desde el comienzo de la guerra, los chechenos duermen vestidos, en previsión de que tengan que salir corriendo a refugiarse). Pero los rusos ya están aquí.

Cinco de ellos invaden el ala en la que duermen las mujeres y los niños. Se ponen a revisar el lugar y uno de ellos nos dice: «Vamos a llegar a un acuerdo. No va a pasar nada si vosotras no os movéis de aquí y os quedáis tranquilitas en esta habitación».

Tengo que contener mis ganas de ver lo que están haciendo, sobre todo con mis cosas personales que están por encima de la mesa del salón, en el sofá donde había pasado la noche. Sé que van a encontrar mi teléfono vía satélite (mi único vínculo con el exterior y mi medio para dictar mis informaciones), mis artículos redactados a mano, mi cuaderno de notas, mi agenda, mi pasaporte francés, mi visado y mi acreditación, que prueba que soy una corresponsal extranjera autorizada a trabajar en el territorio de la Federación rusa.

A través del cristal de la puerta, una sombra se aleja con un extraño utensilio. Inmediatamente reconozco mi teléfono vía satélite. Unos 25 minutos después, aprovechando un descuido de uno de los oficiales, salgo de la habitación. En el patio, Rivzan espera a que el inspector del FSB (ex KGB) rellene los impresos donde constan los objetos requisados.

Me acerco hasta el oficial y le digo en ruso: «Soy la periodista francesa. Esas son mis cosas y estoy dispuesta a responder a sus preguntas». Sigue haciendo su trabajo y murmura: «Váyase de aquí». No sé qué hacer. Se llevan a Rivzan en un camión del Ejército. Y yo me quedo perpleja.

Pasan los días: martes, miércoles, jueves. Sólo tengo una obsesión: hacer llegar a la oficina del periódico en Moscú un mensaje que pruebe que estoy viva. ¿Qué hacer? ¿Quedarme o marcharme?. Si me voy, dado que los servicios secretos saben quién soy, me buscarán y este gesto podría ser percibido como una huida. Si me quedo, pierdo el tiempo. Pero decido quedarme, porque tengo que recuperar mis cosas, para seguir trabajando.

El sábado, me sumo en mis ocupaciones habituales. De periodista me he transformado en un modelo de ama de casa chechena. En un momento dado, cuando atravieso el patio, me encuentro con un grupo de soldados. Al cabo de unos segundos, me doy cuenta de que Rivzan ha vuelto, sano y salvo. El fiscal general que lo había interrogado en Mozdok (sede de las fuerzas rusas en el Cáucaso norte) como sospechoso de ocultar en su casa un transmisor de la televisión independentista Ichkeria, lo soltó por falta de pruebas.

Está de nuevo presente el inspector que había dirigido las operaciones el lunes. Esta vez, más sonriente. «¿Es usted Anne? ¿Podemos hablar unos minutos?», me pregunta. «Por fin. Ha tardado varios días en buscar esta conversación y eso que era bien fácil localizarme», le replico.

El tono es de broma, pero de todas formas no me fío. Dejo Novye Atagui en un vehículo del Ejército, con el inspector de la Fiscalía y el oficial del FSB. Ambos me confirman que mis «cosas» se encuentran en Mozdok y que puedo recuperarlas, si voy con ellos.

Atravesamos a toda máquina territorio checheno, deteniéndonos apenas en las decenas de controles. El vehículo militar rueda a una media de 80 kilómetros por hora «para quelos francotiradores de los bandidos no nos puedan alcanzar», me explica uno de ellos. Y al atardecer siento que tienen miedo y que no están nada tranquilos. Según ellos, los chechenos pueden tenderles una trampa en cualquier momento. El ambiente se distiende cuando cruzamos la frontera administrativa de Osetia del Norte, donde se encuentra Mozdok. Me instalan en un hotel, al tiempo que me confiscan mi acreditación.

Cita al día siguiente a las nueve. El edificio de la Fiscalía está muy cerca. Mi entrevistador me invita a contarle «mi vida, cómo y por qué me hice periodista». Después, mis desplazamientos por Chechenia. El interrogatorio es correcto y el entrevistador va mezclando sus comentarios sobre la situación.

Al final de la mañana, me pide que coja mis cosas que están en unas cajas al lado de la mesa de su despacho. Y recupero mi equipo. El oficial de la Fiscalía parece muy interesado en el funcionamiento del teléfono vía satélite y me pide que le haga una demostración. Aprovecho para llamar a la oficina del periódico en Moscú.

Traducción y fotocopias

Eufórica, le digo a Veronique Soulé, jefa de la delegación de Moscú, que «toda va bien». Pero había olvidado que, por la tarde, dos oficiales del FSB iban a participar en el interrogatorio. Y eso iba a ser menos divertido. Me piden que les comente mis artículos a fondo, hasta el punto de que, a veces, tengo que traducírselos casi por completo al ruso. Fotocopian mi agenda y mis artículos y anotan unos cuantos números de teléfono.

Hacia las 18.00 horas firmo mi declaración. Tengo que pasar aún una noche en Mozdok, antes de poder coger un avión a Moscú. Soy libre, pero voy acompañada. Un oficial del FSB se ofrece a venir a buscarme al día siguiente a las 10, para acompañarme al aeropuerto de Ingushetia.

Llegada la hora, entra en mi habitación con aire sombrío. «¿Por qué me mentiste, Anne, cuando la verdad es que escribes artículos antirrusos?», grita. No salgo de mi asombro. Toda la noche, los colaboradores de los servicios secretos rusos en Moscú habían buscado mis artículos en Internet.

Tras un telefonazo, el FSB dice que prefiere que les entregue los originales de mis artículos. Les replico que, si se los doy, exijo que me entreguen las fotocopias que hicieron de ellos la víspera. Tras un breve momento de duda, aceptan y volvemos a la Fiscalía. En un papel escrito a mano, prometen devolverme mis originales. Antes del 1 de mayo de 2000.