viernes, 20 de junio de 2008

Linus Torvalds creador de Linux

El Mundo, diario del navegante
Viernes, 3 de abril de 1998

"El antiBill Gates"

Hace siete años, este joven finlandés creaba el sistema operativo Linux. Hoy, Torvalds se ha convertido en el mascarón de proa de la lucha anti-Microsoft. Linus, un experto en ordenadores que va por libre, fruto de la alianza de la programación "abierta" y de Internet, creó un modelo de desarrollo de programas no comercial y cooperativo

EDOUARD LAUNET
LIBERATION/EL MUNDO

SAN FRANCISCO.- La pasada semana, Ben Spade vivió uno de los momentos más emocionantes de su vida. Cabecilla de un grupo de apasionados de la programación residentes en Silicon Valley, este americano presidía, el 4 de marzo, en las afueras de San José (California), la reunión mensual de sus tropas. Sólo esperaba una cincuentena de participantes, como de costumbre. Pero ese miércoles llegaron cerca de medio millar. Y todo porque un desconocido finlandés, llamado Linus Torvalds, era el orador invitado de la sesión.

Estupefacto ante el inesperado aforo, Ben Spade balbuceó unas cuantas palabras de presentación, antes de llamar a su invitado a subir al estrado. Entonces, los asistentes -una curiosa mezcla de estudiantes, directivos y antiguos hippies-prorrumpieron en una sonora ovación. Muy sereno, el joven Linus (28 años) cogió el micrófono e improvisó, en un inglés casi perfecto, una conferencia de casi una hora.

El público estaba enfervorizado. Torvalds representaba para ellos algo así como la presencia de Jean-Paul Sartre en Saint-Germain-des-Prés. Si Sartre había encendido las pasiones de los jóvenes de París, Torvalds emocionaba hasta el paroxismo a sus seguidores de Silicon Valley.

Torvalds es una especie de antiBill Gates. Si el temible usurero supermillonario pasa por ser el diablo de Internet, el joven finlandés se ha ganado, desde hace poco tiempo, la fama del arcángel de la Red.

Y es que, a sus 21 años, cuanto todavía era estudiante de la Universidad de Helsinki, Linus comenzó a crear un programa llamado Linux (1). Hoy, siete años después, este programa hace funcionar los ordenadores -entre tres y ocho millones, según los últimos censos- más exigentes del planeta (2).

Linux es como el Windows 95 de Microsoft, es decir, un sistema operativo: el programa "íntimo" del ordenador, sin el cual los demás programas no podrían funcionar. Al igual que no podría existir el canto si no hubiese cuerdas vocales.

Pero ahí se termina su paralelismo con Windows. Porque Linux no es un producto comercial. Está disponible, desde su lanzamiento y, lo que es mejor, en su versión bruta. Es decir, está disponible el "código fuente", que es para el programador lo que la partitura para el músico y, por lo tanto, mucho mejor que un disco, en el que no se puede cambiar nada, por muy extraordinario que sea el músico.

Esta transparencia total ha permitido hacer de la elaboración de Linux una obra colectiva, en la que participan -via Internet- varios miles de personas. Sólo por amor al arte y al trabajo bien hecho. El mismo Torvalds sólo ha escrito 50.000 líneas del código de un total de 1 millón.

La regla es sencilla. Cualquiera un poco ducho en la materia puede mejorar o completar Linux, teniendo en cuenta que aporta al bote común el fruto de su trabajo. A lo largo de todo el proceso, un grupo informal de expertos se encarga de acoplar los añadidos considerados dignos de ser integrados en el conjunto. Una delicada tarea que consiste en construir una catedral sin arquitecto, evitando las escisiones entre los obreros (es decir, la aparición de versiones divergentes del programa). Y el proyecto Linux demostró que la tarea es posible.

Más aún, esta alianza de la programación "abierta" y de Internet ha hecho nacer un nuevo modelo de desarrollo de programación, a mil leguas del de Microsoft, y con mayores prestaciones. Según los expertos, en efecto, Windows es un programa bastante malo ("repleto de toneladas de fallos", revela Linus), mientras que Linux es unánimente considerado como un programa elegante y bien concebido. ¿Se habrá encontrado una solución de recambio a la economía de mercado, al menos en el sector de la programación? Algunos no dudan en afirmarlo (3), lo que confiere al tema un cariz político bastante inesperado.

Un detalle significativo: la mañana de esa famosa reunión en San José, el San Francisco Chronicle consagraba una página doble a la informática. A la izquierda, el relato de la comparecencia espectacular de Bill Gates, realizada la víspera, ante una comisión senatorial, que intentaba saber si Microsoft era o no era un monopolio. A la derecha, un editorial que venía a decir más o menos lo siguiente: "Dejen en paz a Bill Gates, porque la auténtica amenaza es Linus Torvalds". Seguía una pequeña presentación del finlandés y esta conclusión: "Vayan a decirles a esos socialistas de la programación que se lleven a Europa sus concepciones radicales del desarrollo cooperativo del "free code". Los americanos exigen su libertad de pagar por los programas que dominan el mercado lo que es justo a sus creadores". Así de claro.

Al día siguiente por la mañana, llamamos a la puerta de una modesta casa de Sunyvale, en el corazón de Silicon Valley.

Son las diez de la mañana. Linus Torvalds abre, con la cara todavía untada de jabón de afeitar. "No soy muy madrugador", se siente obligado a decir. Gafas de Armani y barriga incipiente, el joven no se las da de estrella para nada. Ha venido a instalarse a la región, desde que terminó sus estudios, hace ahora un año, con su mujer, su bebé y sus dos gatos. "No es el dinero el que me ha atraído aquí, sino la mentalidad, propicia a la creación y a la innovación. Y, además, el clima".

Le ha contratado Transmeta (4), una estrella en ascenso del valle. La empresa trata de concebir una nueva generación de ratones para los PC multimedia. "He rechazado ofertas mucho mejores, porque no quería trabajar para empresas que se lucran con Linux". Ha aceptado, sin embargo, la oferta de Transmeta, una empresa que utiliza Linux y que, consciente de la valía de su fichage, le deja que dedique a su criatura una gran parte de su jornada laboral. Anécdota: Paul Allen, cofundador de Microsoft con Bill Gates, ha invertido dinero en Transmeta. "Sólo tiene una pequeña parte del capital", precisa Torvalds. Y es que Paul Allen ha abandonado Microsoft desde hace mucho tiempo.

La conferencia de San José era la primera aparición pública de Linus en Silicon Valley. "Quedé sorprendido por la afluencia, aunque ya he hablado en otras partes ante asambleas más numerosas todavía".

¿Se considera un profeta de la programación libre? "Ni muchísimo menos. Hago esto, porque me encanta. No pretendo que el `free software' sea un modelo universal para el desarrollo de la programación. Para proyectos no demasiado apasionantes, el dinero sigue siendo el mejor medio de motivar a los programadores".

¿Windows ganaría, si se convirtiese en un programa libre? "Evidentemente que sí. Pero dudo que las autoridades americanas obliguen a Microsoft a dar este paso. Y es una pena, porque lo importante para el usuario no es tener permanentemente nuevas versiones, sino una versión que funcione. Ahora bien, Microsoft no tiene interés alguno en reparar los fallos de Windows. Su prioridad es vender cada vez más productos nuevos".

Lo quiera o no, Torvalds tiende a convertirse en el mascarón de proa de la lucha anti-Microsoft en Silicon Valley.

Incluso en una especie de último recurso. Netscape (navegador de Internet) ha sido engullido, Apple ha tenido que pactar con el diablo y los NC (network computers), PC simplificados que pueden prescindir de Windows, tardan en nacer. La programación libre, el equivalente a una política de tierra quemada en términos de mercado, aparece, pues, como el último medio de resistir a la invasión "gatesiana".

Refiriéndose explícitamente a la experiencia Linux, Nestcape decidió, a finales de enero, difundir gratuitamente el código fuente de la próxima versión de su navegador. De hecho circula ya el rumor de que Apple podría convertir a Rhapsody, su nuevo sistema operativo, en un `free software'. Objetivo: aprovecharse de la inteligencia colectiva de Internet y demostrar, de nuevo, que los artistas programadores de la red son mejores que los mercenarios de Redmond, sede social de Microsoft en el Estado de Washington. El Silicon Valley, país en el que se pueden amasar fortunas, simplemente escribiendo unas cuantas lineas de un código de programación, no está precisamente a punto de convertirse al "socalismo de la programación".

Pero se huele en el aire cierta resistencia. Nace una especie de nuevo maquis.