domingo, 8 de junio de 2008

El ladino. 1

From: Angel Romera Valero
Date: Thu, 4 May 2000 15:12:41 +0200
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Una tercera del 'Abc' de hoy sobre el judeoespañol:

EL LADINO

IMPOSIBLE la hora y desapacible la noche, metida hasta el zanjón de las amenazas de tormenta en vientos encontrados de aguas díscolas y zozobras no tan sólo de inclemencias meteorológicas, el azar, ese bendito azar que siempre es objetivo y piadoso (lo apuntó André Bretón, papa negro en la cofradía inverosímil del surrealismo) nos dispensó la fortuna de un taxi, alto regalo de aquellos cielos ya lóbregos, en el dédalo de uno de esos escasos barrios antiguos extrañamente intactos en el Tel Aviv de los ejecutivos.

Levantamos al unísono los brazos y, así apercibido, paró el hombre, que bajó la ventanilla y asomó la cabeza, más bien desganado. En inglés, y melifluamente, le solicitamos la caridad de una carrera, petición que escuchó como de malísima gana, farfullándonos luego, a guisa de respuesta poco amable, ni sabe qué en una especie de jerigonza por completo indescifrable (al parecer, turco, pero no un turco cualquiera, aunque la verdad es que nos hubiese dado lo mismo, sino un turco dialectal y masticado, cuya única función consiste en que los seres humanos jamás se entiendan), mientras hacía signos inequívocos de que se disponía a partir y ahí se las compongan, abandonados, inmisericordemente abandonados, a la seguridad dolorosa de una pulmonía por lo menos triple y hasta con arabescos de ahogo.

Juan Carlos Vidal, el activo y diligente director del Instituto Cervantes en Israel, profeta de nuestro idioma en aquellas bíblicas tierras, vino a decirme, con gestos resignados, que tal son las cosas cuando se barajan de bastos, hermano, paciencia y a por la madrugada, que tú dices que tanto te gusta; luego pondrán las calles, Dios sabrá cuándo. Y a mí, que siempre pienso en los clásicos, se me escapó entonces aquella famosa sentencia de Federico Trillo, directamente inspirada en un inédito de Shakespeare, según me comentó en secreto un especialista acreditadísimo, o sea, «manda güevos», Juan Carlos, ¿no alentará por aquí, a falta de sinagoga, la esperanza siquiera de algún cafetín musulmán?

La lámpara de Aladino fue aquello, la lámpara de Aladino refulgente y renovada; al abracadabra, su santo y seña. El taxista, ya en acelerados trámites para la huida sin musitar ni el adiós, frenó en seco, al instante mudado de torvo en amable, ángel de exquisiteces, querubín de la amabilidad. «¿Conoces ladino?», nos preguntó con proclamada alegría.

El hombre, o el ángel, procedía de Polonia, pero la familia de su mujer hundía sus siempre acariciadas y nunca perdidas raíces en las penumbras de Cuéllar, «un lugar de Castilla la Vieja, creo», mito vigente en la saga tremenda de su diáspora, y pues hablamos su lengua, con tenaz dulzura impuesta por la esposa en el ámbito de la casa, allí le teníamos para cuanto se nos ofreciera y gustásemos.

La primera parada, de celebración, fue en un cafetín, pero en un cafetín bien entrañable, refugio de ladinos sin sueño; la segunda, de respeto, en otro, aún con menos ganas de dormir y, si cabe, de mayores alicientes; la tercera, de la tercera, en fin, porque nunca existen dos sin tres, prefiero olvidarme. Llegamos al hotel a las tantísimas y bien remojados, como temíamos, aunque no por fuera, sobre el fin de la tormenta y el comienzo del amanecer, incendiado el mar, con estribaciones de nubes borrachas al fondo de la línea del horizonte, zánganas y desvaídas las olas, como si únicamente aspirasen a cerciorarse de la verdad de la playa.

Aquella misma tarde, en proceso de restauración, trabé la hebra, como diría Delibes, con el dueño del enésimo cafetín, humeante la taza de elixires reparadores. Me habló de su vieja y querida judería sefardita de Esmirna, y abierta plaza de pública tertulia uno de sus clientes, que se sumó con gusto a la conversación, sacó a relucir el recuerdo de la de Salónica, al parecer la más culta de todas, inmolada por entero en el Holocausto, la crónica de cuya prodigiosa vida y crudelísima muerte anda a la espera de ese cronista que se atreva a fijarla, remontando las olas del destierro para investigar sus siglos de mantenida gloria y penetrar, por último, los fatídicos días de un apocalipsis que, siendo el suyo, también lo fue nuestro, decisivamente amputados allí y entonces de un espléndido capítulo vivo de la cultura tradicional.

No hace falta tocar a júbilo, mas cierto y bien cierto resulta que el ladino, como dicen en Israel, donde el término sefardita ampara comunidades de judíos instalados en otras lenguas, da muestras de haber contenido la caída libérrima de pasados años y aún apunta signos, bastante elocuentes, de recuperación manifiesta, espero y deseo que definitivamente acabada su particular travesía del desierto, cuando el espíritu pionero dominante imponía el hebreo en busca de factores que otorgasen cohesión a una sociedad hilvanada de urgencia.

El punto de inflexión habría que situarlo en marzo del noventa y seis. El Gobierno israelita creó entonces un organismo autónomo, la Autoridad Nacional, reconociendo así al ladino rango de lengua judía, y eso determinó que la minoría instalada en dicha cultura (cerca de trescientas mil personas) accediera al estatuto de la oficialidad, con financiación para cursos universitarios, grupos de teatro, publicaciones, conciertos, exposiciones y jornadas de estudio.

Entre los logros iniciales de verdad notables, se impone destacar el de la recopilación de un diccionario básico, con más de quince mil entradas, a la vez emocionante y lleno de sugerencias. Sigue adelante un programa diario de radio, ininterumpidamente mantenido desde 1948 por Moshé Saul, y en trámites se encuentra la publicación de su primera Gramática. Acabo de indicar que no hay razones -todavía- para tocar a júbilo, mas también parece cierto que han cesado las llamadas a funeral. Además, y como decía el clásico, comienzo quieren las cosas.

Claro, no todo son altruísmos: el Estado de Israel habría cobrado conciencia, según apuntan algunos, de la excepcional importancia del español, a través del ladino si es menester, como vehículo de penetración y para consolidar su influencia en Hispanoamérica, pero al fin y al cabo tal es la vida y suicida sería no aprovecharlo. Supongo que eso determinará, quiérase o no, la modernización del judeoespañol, al cabo de largas centurias de aislamiento sólidamente incorporado al impetuoso océano plural de una lengua sin fronteras y en continuado proceso de crecimiento.

Así lo entienden en Israel, por ejemplo, los editores de la revista «Aurora», «decana de la prensa israelí en castellano», que ha rebasado de largo la frontera de los veintisiete años y los dos mil números de existencia. Hay discusiones, por descontado, y no faltan los problemas, especialmente enredado el del sistema de escritura. La realidad del idioma, como diría Galileo, «eppur si muove». También en Israel hacia delante.

Gonzalo Santonja

Escritor