domingo, 8 de junio de 2008

Habla en la primera infancia

Autor: Varios Autores
Título: Función Cerebral
Editorial/Colec.: Libros de Investigación y Ciencia
Lugar/Fecha/Pág.: Prensa Científica. Bcn. 1ra Reimp. 1995

PERCEPCIÓN DEL HABLA EN LA PRIMERA INFANCIA
Peter D. Eimas
Marzo de 1985

[Presentación] Al percibir el habla, los seres humanos detectan categorías fonémicas discretas e ignoran gran parte de la variación de la señal hablada. Las investigaciones realizadas con bebés sugieren el carácter innato de los mecanismos subyacentes

¿Cómo se explica que los niños aprendan a hablar y entender a tan temprana edad y, aparentemente, sin dedicarle a la tarea mayores esfuerzos? El proceso de adquisición del lenguaje comienza bastante antes de cumplirse el primer año. A los tres, la mayoría de los niños utiliza el lenguaje con habilidad considerable. En contraste con el aprendizaje de la lectura o la aritmética, el niño domina el lenguaje sin pasar por enseñanza formal alguna; de hecho, gran parte de ese aprendizaje transcurre dentro de un entorno lingüístico bastante limitado, que no especifica de manera precisa las reglas que gobiernan su uso competente.

Una posible explicación del rápido desarrollo de la habilidad lingüística del niño es que el lenguaje no es tan complejo como suele creerse y, en consecuencia, que, a partir de principios psicológicos tan simples como el condicionamiento y la generalización, se explica la velocidad con que se aprende. Pero la investigación realizada durante las pasadas décadas sobre la naturaleza del lenguaje y los procesos en virtud de los que se produce y entiende ha revelado precisamente una creciente complejidad subyacente, y no esa simplicidad de que hablábamos.

Experimentos realizados por el autor y colegas suyos en la Universidad de Brown, y por otros investigadores en diversos centros, han apoyado una explicación diferente, que se deriva de la opinión según la cual ciertos conocimientos y capacidades innatas subyacen al uso del lenguaje, idea ésta de la que el lingüista Noam Chomsky constituye el exponente más notable. En estudios sobre la percepción del habla en bebés hemos comprobado que los infantes poseen una dotación muy rica de mecanismos perceptivos innatos, adaptados a las características del lenguaje humano, que les preparan para el mundo lingüístico al que tendrán que enfrentarse.

La búsqueda de mecanismos innatos de percepción del habla se desarrolló a partir de estudios de la relación de la señal hablada con los fonemas, unidades que corresponden a las consonantes y vocales del lenguaje. Los fonemas son las menores unidades del habla que afectan al significado: tan sólo un fonema distingue las palabras tasa y rasa y, sin embargo, sus significados son completamente distintos.

Investigadores de los laboratorios Haskins de New Haven, del Instituto de Tecnología de Massachusetts, del Real Instituto Sueco de Tecnología y de otros centros, han demostrado que la señal hablada constituye un complejo de unidades acústicas: breves segmentos separados por pausas momentáneas, o picos de intensidad. Esos segmentos varían en duración y frecuencia, relaciones temporales e intensidad de sus bandas constituyentes de energía acústica concentrada (conocidas como formantes) así como de componentes acústicos ruidosos conocidos como aspiración y fricación. La variación de esos parámetros acústicos proporciona información esencial de cara a la percepción de fonemas.

Sin embargo, no existe correspondencia directa, unívoca, entre los segmentos acústicos individuales y los fonemas que percibimos. Un mismo segmento acústico puede encerrar una consonante y una vocal; y al revés, dos segmentos acústicos distintos pueden contribuir a un único sonido consonante. Además, no existe relación directa alguna entre la frecuencia de los segmentos y sus características temporales y los fonemas que oímos.

Consideremos la información acústica que basta para señalar la distinción entre la consonante oclusiva sonora que inicia la palabra bar y la consonante oclusiva sorda que inicia la palabra par. En ambos casos, el hablante bloquea completamente el flujo del aire a través del tracto vocal inmediatamente antes de la emisión de la palabra; sin embargo, en bar, las cuerdas vocales empiezan a vibrar casi simultáneamente con la liberación del aire, mientras que, en par, la vibración de las cuerdas vocales se demora. El intervalo entre la liberación de aire y el inicio de la vibración de las cuerdas vocales, esto es, la sonorización, se conoce como tiempo de emisión de la voz; contiene la información acústica crucial que permite al oyente distinguir bar de par. Sin embargo, los valores del tiempo de emisión de voz no definen los fonemas. Antes bien, los oyentes suelen percibir, para un mismo fonema, un abanico de valores, que reflejan diferentes hablantes, diferentes instancias de habla y diferencias en el entorno fonémico circundante.

Las variables acústicas que definen otros fonemas son análogamente fluidas. Por ejemplo, muchos fonemas se distinguen por el lugar de articulación, el punto de la constricción del tracto vocal que se produce cuando se ha formado el sonido; valen de ejemplo los sonidos bar y dar. Entre los indicios acústicos que corresponden al lugar de articulación y permiten al oyente distinguir tales fonemas se cuentan las frecuencias iniciales del segundo y tercer formante: los formantes que ocupan el segundo y tercer lugar desde la base de una escala de frecuencias. Una vez más, no existe un valor único de esos parámetros acústicos que caracterice a cada fonema; todo un abanico de frecuencias de emisión pueden señalar el mismo punto de articulación. No obstante, a pesar de la variación de los sonidos correspondientes a cada fonema, poco nos cuesta decidir si se ha dicho (...)

(...)