miércoles, 4 de junio de 2008

Las primeras mentiras

LOS CINCO AÑOS ES LA EDAD DE LAS PRIMERAS MENTIRAS.
Eduard Martí
La Vanguardia. Suplemento "Ciencia y Vida".
17-JUN-95

A que edad los niños son ya capaces de mentir deliberadamente?

En un estudio reciente esta pregunta fue planteada a una muestra de madres y maestras. La mayoría de ellas situaba la edad de aparición de las primeras mentiras alrededor de los cinco años y los estudios realizados con niños de diferentes edades arrojan resultados muy similares.

En uno se simuló una situación en la que otra persona desea lo mismo que el niño. Se presentó a los niños dos pegatinas a asegurándose de que preferían la más bonita y coloreada. Se les dijo que podían conseguirla, pero antes debían dejar elegir a dos muñecos. Se les dijo que el muñeco vestido de oscuro nunca elegía la pegatina que el niño prefería, pero que el del vestido claro siempre escogía la pegatina preferida del niño.

Aparecía entonces el muñeco vestido de oscuro (amistoso) para elegir una pegatina, y antes se le preguntaba al niño cuál escogería. Todos los niños señalaron con franqueza la pegatina que preferían. Llegaba entonces el muñeco con traje claro (el competitivo), y antes de elegir, se volvía a preguntar a los niños. Esta vez no hubo consenso. Sólo los niños de cinco años se mostraron capaces de señalar la pegatina que no les gustaba (para evitar que el muñeco la escogiese). Casi todos los niños de 3 y 4 años señalaron ingenuamente la pegatina que preferían y quedaron frustrados al ver que el muñeco se la llevaba.

El experimento muestra lo que intuitivamente las madres y maestras saben: expresar una mentira intencionada es una capacidad que implica cierta dificultad que los niños pequeños son incapaces de superar. Engañar de forma intencionada exige que el niño haga algo (señalar la pegatina que no desea) para provocar una creencia en su adversario que le conduzca a una acción conveniente para el niño (el muñeco cree que es ésta la pegatina que el niño desea y decidirá cogerla).

ENGAÑAR AL MUÑECO.

Para engañar hay que inducir una creencia falsa en el adversario, creencia distinta de la que posee quien engaña. En el ejemplo citado el niño sabe que quiere la pegatina bonita, pero señala la otra para engañar al muñeco. Esta capacidad de manipular las creencias de otras personas exige un grado de imaginación y de pensamiento difícilmente presente en la mentalidad de los niños pequeños. No es que no quieran mentir, es que no pueden.

Los niños simulan con tal de conseguir lo que se proponen: simulan que tienen daño para que se les consuele o evitar que sus padres les obliguen a a algo que no quieren, o que no aguantan encerrados en el "parque" para que les saquen de él. Pero aunque estas conductas consiguen engañar al adulto, la gran diferencia con las verdaderas mentiras consiste en que con estos actos *LOS NIÑOS NO MANIPULAN INTENCIONADAMENTE LAS CREENCIAS DE SUS PADRES* sino que muestran *CIERTAS CONDUCTAS PARA CONSEGUIR ALGO*.

Lo mismo ocurrre con animales que aparentemente muestran conductas de engaño (mimetismos, camuflajes o simulaciones). A veces, algunos llegan a realizar verdaderas proezas. Por ejemplo, un perro quiere sentarse en el sillón que está ocupando su año; se dirige a la puerta y empieza a arañarla dando a entender que desea salir; el amo se levanta y entonces el perro aprovecha para ocupar el sillón.

Aunque podemos interpretar esta conducta como un engaño intencionado, lo más seguro es que el can, como ocurre con los pequeños estudiados, se basara en la experiencia para relacionar su conducta con la consecución de un fin.

Todos estos datos hacen pensar que de todas las especies animales, probablemente sólo la especie humana sea capaz de actguar tomando en consideración las creencias y los pensamientos de los demás. Y que sólo los niños sean capaces de lograrlo a partir de determinada edad. Aunque esta capacidad pueda desembocar en la mentira y el engaño, no deja de ser una capacidad importantísima para la vida social.

En los humanos, la comunicación y la vida en grupo no hubiesen alcanzado la complejidad que tienen, si las personas no hubiesen desarrollado la capacidad de "leer" ls intenciones, creencias y pensamientos de sus congéneres. Aunque, eso sí, a veces para manipularlas.